De la Espriella y Cepeda apuestan su cierre a la estrategia y al voto indeciso
Imagen: El Tiempo - Política
En la recta final de la campaña, De la Espriella y Cepeda afinan sus mensajes con Carlos Suárez y Simón Rodríguez en sus equipos estratégicos. La disputa ya no es solo de propuestas: también es de narrativa, errores y capacidad de movilizar al electorado.
La campaña entre Abelardo de la Espriella y Gustavo Cepeda entra en su fase más delicada: la de los últimos días, cuando una mala decisión cuesta más que una buena idea. En ese tramo, según informó El Tiempo - Política, los equipos estratégicos donde figuran Carlos Suárez y Simón Rodríguez se han convertido en piezas clave para ordenar el mensaje, corregir tropiezos y exprimir cada punto de apoyo político antes del cierre.
La lógica es simple, pero brutal. En una contienda ajustada, ya no basta con sonar fuerte; hay que sonar coherente, mantenerse en el radar y evitar que el rival fije el relato. Por eso las campañas están apostando por dos tareas que suelen definir una elección: consolidar a los fieles y convencer a quienes todavía miran desde la barrera. En ese esfuerzo, los estrategas no solo administran publicidad o agenda pública: también filtran riesgos, miden el impacto de cada intervención y empujan a los candidatos a no salirse del libreto. En ese balance, las candidaturas han mostrado aciertos visibles —capacidad para instalarse en la conversación, marcar contrastes y sostener presencia—, pero también fallas que pesan más en la recta final, como mensajes que no terminan de aterrizar, cambios de tono que confunden al votante o dificultades para convertir exposición en respaldo real.
Lo que está en juego va más allá de dos campañas concretas. En Colombia, las últimas semanas suelen ser el momento en que se define si una aspiración política logra crecer o se estanca en su propio techo. La pelea ya no pasa solo por las propuestas, sino por la credibilidad, la disciplina comunicacional y la capacidad de leer el clima social. Esa es precisamente la razón por la que nombres como Carlos Suárez y Simón Rodríguez importan: representan una política cada vez más profesionalizada, donde la táctica vale tanto como el discurso. Pero también revelan un problema de fondo: cuando todo se reduce a estrategia, el riesgo es que el debate público se convierta en una guerra de percepciones y no en una discusión real sobre país, seguridad, economía o gobernabilidad.
En este punto, la campaña se parece menos a una carrera lineal y más a una prueba de resistencia. Quien mejor administre sus aciertos y oculte sus grietas tendrá ventaja en la foto final. Y aunque los equipos ya piensen en el día después, para el votante común lo decisivo sigue siendo otra cosa: quién logra traducir estrategia en confianza y promesas en una ruta creíble para la vida diaria.



