Colombia

Petro deja la presidencia tras romper viejos moldes y reordenar la política colombiana

Hace 6 horas
Petro deja la presidencia tras romper viejos moldes y reordenar la política colombiana

Imagen: BBC Mundo

Gustavo Petro deja la presidencia de Colombia tras un mandato que rompió inercias políticas y reordenó el debate nacional. Su paso por el poder deja tres huellas claras y abre una pregunta mayor: qué peso tendrá cuando ya no ocupe la Casa de Nariño.

Gustavo Petro está por cerrar un ciclo que cambió la política colombiana de manera profunda, aunque no necesariamente en la dirección que todos esperaban. Su gobierno rompió con varios moldes históricos: fue el primer presidente de izquierda en llegar a la Casa de Nariño, llevó al poder un discurso de transformación social que incomodó a las élites tradicionales y empujó a Colombia a discutir, con más intensidad que antes, asuntos que venían postergados como la desigualdad, la reforma agraria, la transición energética y el lugar del país frente a Estados Unidos y América Latina. Gustara o no, Petro ya dejó una marca que excede su propio mandato.

En términos políticos, su presidencia redefinió el mapa del poder en Colombia. De acuerdo con el enfoque que ha seguido BBC Mundo, una primera huella fue simbólica pero también estructural: demostró que un liderazgo progresista podía conquistar el Ejecutivo en un país donde durante décadas gobernaron coaliciones conservadoras, liberales moderadas o tecnocráticas. La segunda tiene que ver con el estilo de gobierno: Petro instaló una forma de ejercer el poder más confrontativa, más discursiva y menos conciliadora, con un presidente que convirtió la tribuna pública, las redes y los consejos de ministros en escenarios permanentes de disputa política. La tercera marca es programática: puso sobre la mesa reformas que tocaron intereses muy sensibles, desde el sistema de salud hasta el modelo energético y la redistribución de la tierra, aunque muchas de esas iniciativas quedaron a medio camino o enfrentaron fuertes resistencias en el Congreso, en los gremios y en la propia opinión pública.

Ese legado importa porque Colombia no vuelve al punto de partida cuando termina un gobierno. Incluso los proyectos frustrados dejan huella: cambian el lenguaje con el que se discuten los problemas, obligan a los partidos a reposicionarse y redefinen qué temas entran o salen de la agenda. En ese sentido, el gran efecto de Petro no es solo lo que consiguió aprobar, sino haber desplazado el centro del debate nacional hacia asuntos que por años fueron secundarios en la conversación institucional. Para la gente de a pie, eso se traduce en algo concreto: la discusión sobre el costo de la vida, el acceso a la salud, el empleo, la seguridad rural y el futuro del petróleo ya no puede tratarse como antes, porque el país quedó políticamente tensionado entre continuidad y cambio.

La otra pregunta es qué papel jugará Petro después de la presidencia. Y ahí está una parte decisiva de su historia: los exmandatarios no siempre se retiran, y él difícilmente será la excepción. Su peso como figura de la izquierda colombiana y como referente regional le permitirá seguir influyendo en el debate, ya sea como líder moral de su proyecto, como voz crítica del nuevo gobierno o como articulador de una base social que no desaparece con el fin del mandato. El reto será ver si ese protagonismo posterior consolida su legado o lo convierte en un actor más de la polarización permanente que él mismo ayudó a intensificar. En Colombia, donde los presidentes suelen ser juzgados con rapidez, Petro deja algo más difícil de clasificar: una ruptura política que todavía no termina de cerrar.

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