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Adanía Shibli denuncia el desprecio al árabe en Israel y agradece el apoyo en España

Hace 17 horas

La escritora palestina Adanía Shibli cuestiona el desprecio cultural que, según ella, Israel muestra hacia el árabe y agradece el respaldo recibido en España. Su caso vuelve a poner en el centro la discusión sobre censura, lengua y poder en el conflicto palestino-israelí.

La escritora palestina Adanía Shibli ha vuelto a colocar la discusión sobre identidad, censura y ocupación en el centro del debate cultural al denunciar el desprecio institucional que, según ella, Israel mantiene hacia la lengua árabe. En una intervención recogida por El País, Shibli sostuvo que en Israel se escribe mal el árabe de forma deliberada para transmitir la idea de que ni siquiera merece ser tratado como una lengua plena, una afirmación que resume con crudeza cómo la disputa política también se libra en el terreno simbólico y cultural.

Shibli, cuya obra ha estado rodeada de polémica en Europa en los últimos años, también expresó que no espera demasiado de las instituciones europeas y, en cambio, agradeció el apoyo recibido por parte de la ciudadanía española. Ese contraste es revelador: mientras los aparatos diplomáticos suelen moverse con cautela, especialmente cuando el conflicto en Gaza y Cisjordania tensiona las relaciones internacionales, la reacción social puede ser más rápida y clara a la hora de respaldar voces palestinas que denuncian la violencia estructural, la censura o el intento de silenciar narrativas incómodas.

El trasfondo de sus palabras va más allá de una crítica lingüística. En contextos de ocupación, la lengua es también una frontera política: decidir cómo se escribe, enseña o valida un idioma implica decidir quién tiene legitimidad cultural. Por eso el señalamiento de Shibli importa tanto fuera como dentro de Palestina e Israel. No se trata solo de ortografía o de un gesto administrativo; se trata de poder, de jerarquías impuestas y de cómo una sociedad normaliza la desvalorización del otro. En España y en buena parte de Europa, donde el conflicto se mira cada vez más a través del prisma de los derechos humanos, estas voces encuentran eco entre lectores, universidades y movimientos sociales que no aceptan la reducción del debate a una simple disputa de bandos.

El caso de Shibli confirma una tendencia incómoda para las capitales europeas: la cultura palestina sigue pagando el costo político de decir en voz alta lo que otros prefieren administrar con prudencia. Y mientras las instituciones dudan, la ciudadanía —como ocurrió en España, según destacó la autora— aparece como un espacio de respaldo más visible para quienes denuncian que el conflicto no solo se mide en territorios, sino también en palabras, memoria y dignidad.

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