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Abelardo de la Espriella y la ola antiestablishment que sacude la política colombiana

Hace 16 horas
Abelardo de la Espriella y la ola antiestablishment que sacude la política colombiana

Imagen: El País

Abelardo de la Espriella se ha convertido en el rostro más visible del voto anti-Petro y, según los sondeos, hoy encarna una derecha que apuesta por el choque y la provocación. Su ascenso conecta a Colombia con la ola de líderes disruptivos que han reordenado la política en América y EE.UU.

Abelardo de la Espriella ha irrumpido en la contienda presidencial colombiana como algo más que un candidato: es el síntoma de una época política en la que el rechazo al statu quo pesa tanto como las propuestas. Según los sondeos recientes citados por El País, el abogado y empresario se ha instalado en la parte alta de la carrera, capitalizando un clima de hartazgo con el gobierno de Gustavo Petro y con los partidos tradicionales. Su figura combina tres atributos que hoy rinden en buena parte del continente: un discurso frontal, una imagen de outsider y una capacidad notable para convertir la confrontación en marca personal. En un país fatigado por la polarización, ese paquete puede ser electoralmente muy rentable.

El fenómeno de De la Espriella no se entiende sin mirar su estilo. Se presenta como un dirigente costeño, millonario y ajeno a la política profesional, con una narrativa que lo acerca a la imagen de los líderes que prometen romper las reglas del juego. Su apuesta es clara: hablarle al elector que siente que el país perdió rumbo, que la seguridad se deterioró y que las élites políticas no han resuelto las urgencias cotidianas. En esa estrategia, la experiencia institucional vale menos que la capacidad de generar impacto, dominar la conversación pública y erigirse como antagonista. De acuerdo con la lectura que hace El País, esa combinación le ha permitido crecer incluso sin depender de la maquinaria clásica que suele definir las campañas en Colombia.

Lo que está ocurriendo en Colombia no es un caso aislado, sino parte de una corriente más amplia. Brasil con Jair Bolsonaro, Argentina con Javier Milei, El Salvador con Nayib Bukele y Estados Unidos con Donald Trump mostraron que hay electorados dispuestos a premiar estilos políticos que mezclan rebeldía, espectáculo y promesas de orden o ruptura. En todos esos casos, el enojo con la clase política abrió espacio a liderazgos que se construyen por fuera del molde tradicional. Colombia, con sus propias heridas —violencia persistente, desconfianza en las instituciones, crisis de representación y un debate ideológico cada vez más áspero— parece haber entrado en esa misma lógica. Por eso importa el ascenso de De la Espriella: no solo porque podría redefinir la derecha, sino porque revela hasta qué punto el país está dispuesto a migrar hacia una política de alto voltaje emocional.

El riesgo, sin embargo, es evidente. Cuando la campaña se organiza alrededor del personaje más que del programa, la discusión pública se empobrece y las soluciones pasan a segundo plano. Para muchos votantes, especialmente quienes viven la inseguridad, el desempleo o la incertidumbre económica en el día a día, la tentación de apostar por un líder fuerte y disruptivo es comprensible. Pero la experiencia regional también muestra que el carisma y la furia electoral no sustituyen la gobernabilidad. Si Abelardo de la Espriella consolida su avance, Colombia no solo estará eligiendo entre nombres: estará decidiendo si quiere profundizar la política del enfrentamiento o buscar una salida menos estridente a su crisis de representación.

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