El voto en blanco en segunda vuelta: un termómetro del rechazo que aún no pesa
Imagen: El Tiempo - Política
El voto en blanco ha sido, en las segundas vueltas presidenciales, más un termómetro de inconformidad que una fuerza capaz de cambiar la elección. Su punto más alto en las últimas contiendas fue 4,2% en 2018, cuando Iván Duque venció a Gustavo Petro.
El voto en blanco en las segundas vueltas presidenciales de Colombia ha sido, en la práctica, un mensaje de protesta con impacto limitado. Según el repaso de El Tiempo - Política, su mayor registro en las últimas elecciones de balotaje se produjo en 2018, cuando alcanzó 4,2 por ciento, en una contienda que terminó con la victoria de Iván Duque sobre el hoy presidente Gustavo Petro. Ese dato, aunque modesto en términos absolutos, dice mucho sobre el clima político del país: incluso en la elección más polarizada, una parte del electorado opta por no respaldar a ninguno de los dos finalistas.
Ese comportamiento no es casual. En una segunda vuelta, el votante ya no elige entre varias alternativas, sino entre dos proyectos que casi siempre llegan cargados de rechazo mutuo y con campañas construidas más sobre el miedo al rival que sobre la seducción de una propuesta. En ese escenario, el voto en blanco funciona como una forma de decir que ninguna de las opciones convence. Pero también revela otra realidad incómoda: cuando el sistema obliga a escoger entre dos caminos, muchos ciudadanos prefieren ausentarse de la decisión o expresar su inconformidad sin alterar el resultado. Por eso, aunque el blanco pueda subir en momentos de fuerte desgaste político, rara vez se convierte en una variable capaz de reordenar la disputa final.
Lo ocurrido en 2018 ayuda a entender el fenómeno. La elección entre Duque y Petro no solo enfrentó dos candidaturas, sino dos visiones de país que polarizaron a los votantes y empujaron a un segmento a marcar en blanco como señal de rechazo a ambos bandos. Ese 4,2 por ciento fue, hasta ahora, el techo de una tendencia que no ha logrado despegar en las segundas vueltas presidenciales. Y ahí está la clave: el blanco no compite con las maquinarias, ni con la movilización territorial, ni con los temores que suelen definir el cierre de campaña. Sirve para medir el malestar, no para torcer la aritmética electoral.
Por eso importa mirar este dato más allá de la estadística. En Colombia, el voto en blanco en una segunda vuelta habla de una ciudadanía que no siempre se siente representada por las alternativas disponibles, pero también de un sistema que no ofrece demasiados incentivos para convertir ese descontento en una fuerza política organizada. En tiempos de polarización, ese sector sigue siendo pequeño, pero no irrelevante: es una advertencia para los partidos sobre el desgaste de la oferta electoral y sobre el riesgo de seguir confundiendo movilización con adhesión real. Si la próxima presidencial vuelve a cerrarse entre dos extremos, el blanco seguirá ahí, como recordatorio de que una parte del país vota, pero no se resigna a elegir.



