Asesinan a líder indígena Awá en Nariño y crece la alarma por la violencia contra resguardos
Imagen: El Tiempo (Colombia)
Las autoridades investigan el asesinato de Dairo Padilla Nastacuas, líder indígena Awá y gobernador suplente de su resguardo, en la Costa Pacífica de Nariño. El crimen vuelve a poner bajo alarma la violencia contra las autoridades étnicas en una de las regiones más golpeadas del país.
El asesinato de Dairo Padilla Nastacuas, líder indígena Awá en la Costa Pacífica de Nariño, volvió a exhibir una realidad que Colombia arrastra desde hace años: en varias zonas rurales, ser autoridad comunitaria sigue siendo una actividad de alto riesgo. De acuerdo con la comunidad, Padilla Nastacuas se había desempeñado como gobernador suplente de su resguardo, un cargo que lo ubicaba en el centro de las decisiones internas y de la defensa del territorio. Su muerte no es solo un hecho violento más; es un golpe directo a la estructura de representación de un pueblo que ha insistido en proteger su autonomía frente a múltiples presiones armadas y económicas.
Según informó El Tiempo (Colombia), las autoridades iniciaron las investigaciones para esclarecer lo ocurrido, mientras la comunidad Awá lamenta la pérdida de uno de sus referentes. La reacción local no se ha limitado al duelo: también hay preocupación por el impacto que este crimen puede tener sobre la seguridad de los líderes indígenas que sostienen la organización de los resguardos en una región donde la presencia de actores armados, las disputas por corredores estratégicos y el abandono estatal han convertido la vida cotidiana en una apuesta precaria. En territorios como Nariño, cada ataque contra un líder no solo silencia una voz; también debilita la capacidad de defensa colectiva de comunidades que ya viven bajo presión permanente.
El caso de Padilla Nastacuas debe leerse dentro de un patrón más amplio. Los pueblos indígenas del suroccidente colombiano, y en particular el pueblo Awá, han enfrentado durante años amenazas, confinamientos, desplazamientos y asesinatos de integrantes de sus estructuras de gobierno propio. Eso explica por qué la noticia trasciende el ámbito local: cuando cae una autoridad indígena, se afecta la gobernabilidad comunitaria, la transmisión de liderazgo y la posibilidad de sostener procesos de protección territorial. En la práctica, estos crímenes envían un mensaje intimidante a quienes se atreven a organizarse, denunciar y permanecer en sus tierras. Y ese mensaje suele tener un efecto inmediato: más miedo, menos participación y mayor vulnerabilidad para familias enteras.
Por eso, más allá de la investigación judicial, el país debería mirar el caso como una nueva alerta sobre la deuda histórica con los territorios indígenas. Si no hay garantías reales de protección, presencia institucional sostenida y resultados concretos frente a los responsables, la violencia seguirá marcando la vida de comunidades que ya han pagado un costo altísimo. La muerte de Dairo Padilla Nastacuas no puede quedar reducida a un expediente más: es una señal de que en Nariño la disputa por el control del territorio sigue pasando, de forma brutal, por la eliminación de quienes lo representan y lo defienden.



