Fiyi alerta por práctica de inyectarse sangre ajena para drogarse

Imagen: BBC Mundo
En Fiyi, una práctica de alto riesgo conocida como “Bluetoothing” está encendiendo las alarmas sanitarias: usuarios de drogas se inyectan sangre ajena para potenciar el efecto de una dosis. Las autoridades temen que esta dinámica esté acelerando nuevos contagios de VIH.
Fiyi enfrenta una emergencia sanitaria que revela hasta dónde puede llegar la crisis de las drogas cuando se mezcla con desinformación, desesperación y ausencia de control. En distintas comunidades del país ha comenzado a documentarse una práctica conocida como “Bluetoothing”, en la que una persona consume una droga, se le extrae sangre y luego se la inyectan a otra para intensificar el efecto del “subidón”. El problema no es solo el consumo en sí: el intercambio de sangre abre una puerta directa a infecciones graves, entre ellas el VIH.
De acuerdo con la información divulgada por BBC Mundo, esta conducta está alimentando la preocupación de las autoridades sanitarias fiyianas, que ya venían enfrentando un deterioro en los indicadores de salud asociados al uso problemático de sustancias. La lógica detrás de esta práctica es brutalmente simple y peligrosa: aprovechar restos de la droga que circulan en la sangre de un consumidor para extender el efecto a otra persona. Pero el costo médico puede ser devastador, porque compartir sangre implica compartir también patógenos transmitidos por vía sanguínea, como el VIH o la hepatitis.
Lo que ocurre en Fiyi no debería leerse como una rareza aislada, sino como una señal de alerta sobre cómo las crisis de adicciones evolucionan cuando faltan prevención, tratamiento y campañas de reducción de daños. El fenómeno también expone un dato incómodo: en contextos de exclusión social, muchos consumidores terminan asumiendo prácticas extremas por desconocimiento o por la búsqueda de un efecto más intenso con menos recursos. En otras palabras, no se trata solo de drogas; se trata de salud pública, pobreza, acceso a información y capacidad del Estado para intervenir antes de que el daño se vuelva irreversible.
La advertencia para otros países es clara. Cuando una práctica tan riesgosa empieza a normalizarse dentro de redes de consumo, el contagio de enfermedades puede escalar con rapidez y desbordar a los sistemas sanitarios. En ese sentido, el caso de Fiyi debería leerse como un espejo de lo que puede ocurrir cuando el consumo de drogas deja de ser solo un problema de orden público y se convierte, sobre todo, en una crisis epidemiológica.



