Política

Cepeda suaviza su discurso, pero deja abierta la puerta a una constituyente

Hace 2 horas

Iván Cepeda bajó el tono sobre una eventual asamblea constituyente, pero no cerró del todo la puerta. El giro reacomoda su campaña en medio de un debate sensible sobre los límites de cambio institucional en Colombia.

Iván Cepeda, candidato presidencial del Pacto Histórico, volvió a poner sobre la mesa uno de los temas más sensibles de la política colombiana: la posibilidad de una constituyente. Aunque retiró esa idea de su programa de gobierno, el aspirante no la descartó por completo y dejó claro que, si llegara a la Casa de Nariño, no sabe si ese mecanismo podría terminar activándose. En la práctica, el mensaje es doble: intenta desmarcarse de una propuesta que genera resistencia, pero sin cerrar del todo una puerta que en Colombia suele mover miedos, cálculos y apoyos en partes iguales.

El matiz no es menor. Según informó El Tiempo - Política, Cepeda insistió en que él no promovería una constituyente como bandera de campaña, pero también admitió que no puede anticipar qué ocurriría en un eventual gobierno suyo. Esa precisión es importante porque diferencia entre la promesa electoral y el escenario de poder. En una contienda donde cada frase se convierte en munición política, cualquier ambigüedad sobre cambios a la Carta del 91 se lee de inmediato como una señal hacia sectores que quieren una transformación más profunda del Estado, pero también como una alerta para quienes temen un rediseño institucional sin consensos amplios.

El debate tiene antecedentes claros. En Colombia, la palabra constituyente no es neutra: remite a una discusión sobre si el país necesita reformar de raíz sus instituciones o si basta con ajustes por la vía legislativa y constitucional ordinaria. Para buena parte del electorado, ese mecanismo despierta la inquietud de que se abra un proceso impredecible, con costos en estabilidad económica, jurídica y política. Para otros, en cambio, es una salida frente al agotamiento de reformas parciales que no han resuelto problemas estructurales como la desigualdad, la inseguridad, la crisis de representación y el distanciamiento entre Estado y ciudadanía. Por eso, el simple hecho de que Cepeda no cierre la posibilidad tiene efectos políticos inmediatos: obliga a sus rivales a leer su campaña a la luz de un eventual proyecto de cambios profundos, y al mismo tiempo lo expone a una discusión que puede alejar votantes moderados.

En términos electorales, la estrategia parece apuntar a un equilibrio delicado. Cepeda necesita sostener el respaldo de las bases del Pacto Histórico sin regalarles a sus adversarios una narrativa de ruptura institucional. Pero ese cálculo tiene un costo: en Colombia, la ambigüedad en asuntos de alta sensibilidad suele ser más riesgosa que una definición frontal. Si el candidato busca ampliar su alcance hacia sectores independientes, tendrá que explicar con precisión qué entiende por transformación, qué herramientas considera legítimas y cuáles no, y bajo qué condiciones hablaría de una constituyente. Porque en una campaña presidencial, especialmente en un país con memoria de crisis institucional recurrente, no basta con no promover una idea; también hay que dejar claro hasta dónde estaría dispuesto a llegar quien aspira a gobernar.

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