Candidatos latinoamericanos a la ONU prometen una reforma para rescatar al organismo

Imagen: El País
Los candidatos latinoamericanos a secretario general de la ONU están poniendo sobre la mesa una reforma urgente para devolverle peso político a un organismo debilitado por las tensiones globales. Su argumento central: América Latina, como zona de paz libre de armas nucleares, puede ofrecer un modelo en medio del desgaste multilateral.
La carrera por la Secretaría General de la ONU llega marcada por una misma advertencia de fondo: sin cambios de calado, el organismo corre el riesgo de seguir perdiendo relevancia en un mundo atravesado por guerras, bloqueos diplomáticos y una creciente desconfianza hacia las instituciones multilaterales. En ese contexto, los postulantes de América Latina han elevado el tono reformista y han defendido que la región, precisamente por su condición de zona de paz libre de armas nucleares, puede convertirse en una referencia útil para el sistema internacional. La apuesta no es menor: se trata de convencer al mundo de que la ONU puede volver a ser un actor central si abandona su parálisis y se adapta a una geopolítica mucho más fragmentada que la de hace 80 años.
Según informó El País, los aspirantes latinoamericanos han puesto el acento en la necesidad de modernizar una organización que hoy parece reaccionar tarde y con escaso margen frente a crisis sucesivas. El diagnóstico es compartido por diplomáticos y observadores: la ONU arrastra una pérdida de credibilidad alimentada por la guerra en Ucrania, el conflicto en Gaza, la incapacidad para frenar violencias prolongadas en África y las disputas entre grandes potencias que suelen inmovilizar al Consejo de Seguridad. Frente a ese panorama, los candidatos de la región plantean reformas para hacer más eficiente la estructura interna, recuperar capacidad de mediación y reforzar el papel del secretario general como figura política y no solo administrativa.
El mensaje latinoamericano tiene además una carga simbólica y estratégica. La región suele presentarse ante el mundo como un laboratorio de desarme y convivencia institucional, con Tratados y acuerdos que la han mantenido al margen de la proliferación nuclear que domina otras zonas del planeta. Esa experiencia es la que los aspirantes quieren convertir en capital diplomático: no como una proclamación abstracta, sino como la prueba de que sí es posible construir reglas regionales que limiten la escalada militar y favorezcan la resolución pacífica de conflictos. En un momento en que la ONU es cuestionada por su lentitud y por el poder de veto de los miembros permanentes, esa narrativa busca ganar terreno frente a candidaturas de otras regiones que también prometen renovación, pero desde realidades más alineadas con la lógica de bloques.
Lo que está en juego va más allá del nombre del próximo secretario general. La discusión revela una crisis más profunda del sistema internacional: el mundo necesita una ONU con más capacidad de acción, pero los gobiernos que deberían reformarla son los mismos que se benefician de su inmovilidad. Por eso, la propuesta latinoamericana resulta relevante no solo por el origen de los candidatos, sino porque intenta recolocar a América Latina en el mapa diplomático con una idea concreta: si la región pudo consolidarse como espacio de paz relativa en un continente históricamente marcado por intervenciones, dictaduras y desigualdad, entonces todavía puede aportar lecciones útiles a una organización que hoy lucha por no volverse irrelevante.



