Melconian alertó sobre el costo social de la reconversión económica

Imagen: infobae
Carlos Melconian advirtió que una reconversión económica no puede avanzar dejando desprotegida a una parte enorme del aparato productivo. Su señalamiento apunta a los sectores que dependen del empleo masivo y hoy sienten con más fuerza el ajuste y el cambio de reglas.
Carlos Melconian puso el foco en uno de los puntos más sensibles de cualquier giro económico: qué pasa con los sectores que sostienen gran parte del empleo cuando se acelera la reconversión del modelo. Según informó infobae, el economista advirtió que no se puede avanzar dejando a la mitad de la economía librada a su suerte, una frase que resume una tensión cada vez más visible en actividades intensivas en mano de obra, donde el reordenamiento macroeconómico suele traducirse primero en caída de ventas, luego en recorte de turnos y finalmente en despidos o cierres.
El planteo de Melconian no es menor porque apunta a la estructura misma del tejido productivo. En economías como la argentina, buena parte del empleo depende de rubros que no tienen la velocidad de adaptación de los sectores financieros o de los negocios vinculados a recursos naturales: comercio, construcción, industria liviana, servicios presenciales y cadenas de valor medianas y pequeñas. Cuando cambia el esquema económico, esas áreas suelen absorber el impacto antes que el resto, y lo hacen con menos margen para trasladar costos, menos acceso al crédito y menor capacidad de aguantar una caída prolongada de la demanda. En ese sentido, la advertencia del economista funciona como una alarma sobre el costo social de una transición mal calibrada.
La discusión de fondo es política, pero también productiva. Toda reconversión implica ganadores y perdedores, aunque no todas las economías pueden darse el lujo de dejar sectores enteros sin red de contención. Si el ajuste llega sin mecanismos de transición, la consecuencia no es solo una estadística más pobre de empleo: también se profundiza la informalidad, se achica el consumo interno y se debilitan las pequeñas y medianas empresas que dependen del movimiento cotidiano de la calle. Por eso importa lo que dijo Melconian: porque plantea que estabilizar variables macroeconómicas no alcanza si al mismo tiempo se descose la base laboral que sostiene la actividad real. Y en un país donde el salario todavía organiza la vida económica de millones de hogares, ese costo no se mide únicamente en balances, sino en la capacidad de las familias para llegar a fin de mes.
El mensaje, en el fondo, es una advertencia sobre el ritmo y la calidad del cambio. Reconstruir la economía exige ordenar precios, incentivos y cuentas públicas, pero también evitar que la transición se convierta en una purga silenciosa sobre los sectores que más empleo generan. Si el proceso se vuelve demasiado brusco, el remedio puede terminar agravando el problema: menos empresas, menos trabajo y menos consumo en una economía que ya viene golpeada. La discusión que abrió Melconian obliga a mirar más allá de los indicadores financieros y a preguntar algo elemental: quién paga realmente el costo de la reconversión.




