Cepeda y De la Espriella chocan por el formato de los debates presidenciales

Imagen: infobae colombia
La campaña presidencial volvió a chocar por el formato de los debates: Abelardo de la Espriella pidió incluir a las fórmulas vicepresidenciales y Iván Cepeda rechazó esa idea. La discusión reveló una disputa más profunda sobre estrategia, visibilidad y el tipo de campaña que quieren darle a Colombia.
La campaña presidencial en Colombia sumó un nuevo frente de tensión luego de que Abelardo de la Espriella retara a Iván Cepeda a un debate en el que también participaran sus fórmulas vicepresidenciales. La respuesta del aspirante de izquierda fue tajante en la forma y calculada en el fondo: planteó que los debates deben seguir siendo entre quienes compiten por la Presidencia, como ha ocurrido históricamente. Detrás de esa discusión técnica hay mucho más que un desacuerdo logístico; lo que está en juego es quién controla el escenario, quién capitaliza la exposición y quién termina marcando la agenda pública en una contienda que ya empieza a endurecerse.
Según informó infobae colombia, la propuesta de De la Espriella buscaba ampliar el debate político a las duplas presidenciales, una fórmula que en teoría permitiría contrastar equipos, no solo figuras individuales. Cepeda, en cambio, optó por cerrar la puerta a esa idea y defender el formato tradicional, en el que únicamente confrontan los candidatos a la Casa de Nariño. Esa postura no es menor: en Colombia, los debates suelen ser una vitrina para medir liderazgo, dominio programático y capacidad de respuesta, y cualquier modificación en las reglas puede alterar el equilibrio de la competencia. En la práctica, la negativa de Cepeda también le evita al aspirante de la derecha convertir el encuentro en un escenario más amplio, con potencial para repartir reflectores entre varios nombres.
La polémica importa porque exhibe una tensión clásica de toda campaña: cuándo abrir el juego y cuándo proteger el terreno propio. Incluir a las fórmulas vicepresidenciales puede sonar a mayor representatividad, pero también corre el riesgo de diluir el intercambio central entre quienes aspiran a gobernar. Mantener el formato tradicional, por su parte, preserva la lógica de responsabilidad política directa, pero deja por fuera a figuras que hoy, en campañas cada vez más personalizadas, cumplen un papel decisivo para sumar votos, moderar mensajes o tender puentes con sectores específicos del electorado. En un país donde la desconfianza hacia la clase política sigue siendo alta, cada decisión sobre el formato de debate termina leyéndose también como una maniobra estratégica.
Más allá del cruce puntual, este episodio anticipa una campaña en la que la forma será casi tan importante como el fondo. Los aspirantes no solo competirán por propuestas, sino por definir las reglas del terreno donde esas propuestas se discuten. Y en esa batalla, incluso una discusión aparentemente procedural —quiénes se sientan a debatir y quiénes quedan por fuera— puede convertirse en un mensaje político sobre transparencia, fuerza electoral y capacidad para asumir el escrutinio público.



