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Colegio de Ingenieros entra en crisis por burla racista de Ulises Bernal a aficionada coreana

Hace 3 horas
Colegio de Ingenieros entra en crisis por burla racista de Ulises Bernal a aficionada coreana

Imagen: infobae

La difusión de un video en el que Ulises Bernal Miramontes se burla de una aficionada coreana desató una tormenta de críticas y obligó al Colegio de Ingenieros a salir a responder. El caso volvió a poner sobre la mesa el racismo cotidiano y el costo reputacional que pagan también las instituciones cuando uno de sus miembros queda expuesto.

El Colegio de Ingenieros quedó en el centro de la polémica luego de que se viralizara un episodio de burla racista protagonizado por Ulises Bernal Miramontes contra una aficionada coreana, hecho que fue registrado por la propia influencer y difundido en redes sociales. La escena desató una reacción inmediata de indignación, no solo contra el señalado, sino también contra la institución, que terminó arrastrada por el impacto público del caso, según informó Infobae. En tiempos en los que cualquier gesto queda expuesto en segundos, una conducta discriminatoria ya no se queda en una anécdota: se convierte en una crisis de imagen y de credibilidad.

De acuerdo con la información divulgada por Infobae, el registro hecho por la propia afectada fue clave para que el episodio circulara con rapidez y alimentara una ola de comentarios negativos. El señalamiento no se limitó a condenar la actitud de Bernal Miramontes, sino que también abrió preguntas sobre los filtros éticos y de representación de quienes integran o se relacionan con organismos profesionales. Cuando una figura vinculada a una institución incurre en una agresión verbal de contenido racista, el daño ya no es solo personal: salpica a la organización que aparece asociada a su nombre, su prestigio y su autoridad pública.

El caso importa porque muestra una realidad que sigue atravesando a América Latina y Estados Unidos: el racismo no siempre se expresa con violencia física, muchas veces aparece disfrazado de burla, de gesto “inofensivo” o de chiste repetido frente a una cámara. Pero el efecto es el mismo: humillación, exclusión y refuerzo de estereotipos. En una sociedad hiperconectada, además, la respuesta social es cada vez más rápida y más dura. Las instituciones ya no pueden limitarse a guardar silencio o esperar que la polémica se disipe; tienen que responder, aclarar posiciones y asumir costos si no quieren quedar atrapadas en la misma conversación que condenan. Y para la gente de a pie, especialmente comunidades migrantes o racializadas, estos episodios son un recordatorio incómodo de que la discriminación sigue presente incluso en espacios que se supone deberían sostener estándares profesionales y éticos más altos.

Lo que venga después dependerá de la presión pública y de la forma en que el Colegio de Ingenieros decida manejar el daño. Si opta por una respuesta tibia, la controversia puede prolongarse y profundizar el desgaste institucional; si asume una postura clara, podría enviar un mensaje más contundente contra la discriminación. En cualquier caso, el episodio ya dejó una lección difícil de esquivar: en la era de la exposición total, el costo de una burla racista no recae solo en quien la hace, sino también en todo el entorno que decide tolerarla o minimizarla.

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