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Colombia pierde sus bosques mientras el oro ilegal avanza: la crisis ambiental que las cifras no cuentan completa

Omar RodríguezOmar RodríguezHace 16 horas
Colombia pierde sus bosques mientras el oro ilegal avanza: la crisis ambiental que las cifras no cuentan completa

Aunque la deforestación disminuyó frente a los niveles de 2021, nuevas cifras revelan que la explotación ilegal de oro continúa extendiéndose en territorios de enorme riqueza natural. Detrás de las hectáreas afectadas hay ríos, comunidades y preguntas que todavía esperan respuestas.

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Colombia. Un bosque no desaparece de la noche a la mañana. Primero puede llegar un camino, después una cerca, una tala o una maquinaria que empieza a transformar el terreno. Cuando el daño aparece en las estadísticas oficiales, una parte del paisaje ya ha cambiado.

En Colombia, hablar de medio ambiente es hablar también de familias que dependen de los ríos, campesinos que viven de la tierra y comunidades indígenas y afrodescendientes que han construido su historia alrededor de territorios que hoy enfrentan distintas presiones.

El país ha conseguido reducir la deforestación respecto a uno de sus años más críticos. Es un avance que merece reconocerse. Pero una revisión de los informes oficiales más recientes revela otra realidad: mientras se contienen algunas formas de destrucción del bosque, la explotación de oro de aluvión sigue extendiéndose.

La pregunta es inevitable: ¿de qué sirve recuperar terreno en las estadísticas de deforestación si otras actividades continúan deteriorando ecosistemas fundamentales para la vida?

Deforestación anual en Colombia

Un país que pierde menos bosque, pero que todavía pierde demasiado

El Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (IDEAM) informó el 31 de julio de 2026 que Colombia perdió 119.483 hectáreas de bosque natural durante 2025.

La cifra representa una reducción del 31% frente a las 174.000 hectáreas registradas en 2021.

Sin embargo, la comparación con años más recientes muestra que la situación no ha seguido una reducción constante.

En 2023 se registraron 79.256 hectáreas deforestadas. En 2024 fueron 113.608 y en 2025 aumentaron nuevamente hasta llegar a 119.483.

Es decir, Colombia está mejor que en 2021, pero ha perdido parte del avance conseguido en 2023.

Esto no significa que las políticas de conservación hayan fracasado. Significa que los resultados necesitan examinarse más allá de los anuncios y de las comparaciones favorables.

La Amazonía sigue siendo una de las regiones más afectadas. Durante 2025 concentró cerca del 65% de la deforestación nacional.

No se trata de cualquier territorio. Allí existen ecosistemas indispensables para la regulación del clima y del ciclo del agua, además de comunidades cuya vida cultural, económica y social está profundamente vinculada con el bosque.

Cuando se destruye una extensión forestal, no solamente desaparecen árboles. Se modifican hábitats, se fragmentan ecosistemas y se afectan relaciones naturales que tardaron décadas, incluso siglos, en establecerse.

Y aunque las cifras permiten medir la magnitud del problema, hay algo que no explican por sí solas: quién se beneficia de esa transformación del suelo y quién asume sus consecuencias.

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El oro avanza sobre territorios vulnerables

El 2 de octubre de 2026, el Ministerio de Minas y Energía y la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) presentaron resultados que merecen atención.

El monitoreo correspondiente a 2025 identificó 118.410 hectáreas con evidencia de explotación de oro de aluvión en tierra.

La extensión aumentó un 4,5% frente a 2024.

Pero el dato más preocupante aparece al revisar las condiciones en que se realiza esta actividad: el 75% de la superficie identificada correspondía a explotación ilícita o no autorizada.

Tres de cada cuatro hectáreas.

El informe también señala que el 45% de la superficie nacional detectada se encuentra en territorios de comunidades negras. Además, encontró evidencia de actividad minera en zonas donde está prohibida, incluidas reservas forestales y otras áreas protegidas.

Estos resultados plantean preguntas que no se resuelven solamente con operativos contra las máquinas utilizadas para extraer minerales.

¿Quién financia las explotaciones ilegales? ¿Por qué la actividad continúa creciendo? ¿Qué ocurre con las comunidades cuando la minería se instala en sus territorios? ¿Qué mecanismos existen para impedir que los daños se repitan después de las intervenciones de las autoridades?

Responder exige seguir el dinero, revisar expedientes y escuchar a las poblaciones afectadas. La información disponible permite identificar el problema, pero todavía no atribuir responsabilidades individuales sin investigaciones adicionales.

Chocó: riqueza natural bajo presión

El Chocó biogeográfico es reconocido por su extraordinaria diversidad de especies y sus ecosistemas húmedos tropicales.

Es también una región donde el debate ambiental no puede separarse de la situación de las comunidades afrodescendientes e indígenas.

Según el monitoreo de oro de aluvión publicado en octubre, 43.048 hectáreas con evidencia de esta actividad se encuentran dentro de la Reserva Forestal del Pacífico, en zonas donde la minería no está permitida.

La cifra obliga a preguntarse qué tan efectiva resulta la protección legal cuando determinadas actividades continúan desarrollándose dentro de los territorios que deberían conservarse.

La presencia de minería no demuestra automáticamente contaminación en todos los puntos monitoreados. Para determinar la magnitud de posibles daños al agua, los sedimentos y la fauna hacen falta análisis ambientales específicos.

Pero tampoco se puede minimizar el riesgo. La transformación del terreno, la intervención de cauces y la alteración de hábitats son asuntos que requieren vigilancia y resultados públicos.

Para quienes dependen directamente del río y del bosque, conservar el ambiente no es una discusión distante entre especialistas. Tiene relación con el acceso al agua, la alimentación, el trabajo y la permanencia en sus territorios.

Cuando la protección existe sobre el papel

Colombia también ha avanzado en la declaración de áreas marinas protegidas.

En junio de 2022, Parques Nacionales Naturales anunció que la superficie bajo protección había alcanzado aproximadamente el 33% del territorio marino nacional, equivalente a más de 30 millones de hectáreas.

Por eso resulta desactualizada la afirmación de que Colombia solamente protege el 2% de sus mares.

Pero declarar una zona protegida y garantizar su conservación efectiva no son exactamente lo mismo.

La protección requiere vigilancia, recursos, planes de manejo, seguimiento científico y cumplimiento de las restricciones establecidas.

Es allí donde surge otra pregunta: ¿cuántas de las áreas declaradas cuentan realmente con los medios necesarios para cumplir los objetivos de conservación?

El porcentaje anunciado representa un avance en cobertura, pero no basta por sí solo para evaluar el estado de los ecosistemas marinos.

La crisis ambiental también es una cuestión social

Los problemas ambientales suelen presentarse mediante fotografías de bosques destruidos, ríos intervenidos o animales amenazados.

Esas imágenes muestran una parte de la realidad, pero no necesariamente toda.

También están las poblaciones que dependen de los recursos naturales y enfrentan decisiones difíciles cuando se transforman las condiciones del territorio.

Proteger los ecosistemas exige considerar alternativas económicas, acceso a servicios, derechos territoriales y participación de las comunidades en las decisiones que afectan su entorno.

No toda actividad productiva tiene el mismo impacto, ni todas las personas que viven en zonas afectadas participan en prácticas ilegales. Confundir a las comunidades con quienes promueven o financian la destrucción puede conducir a respuestas injustas e ineficaces.

El estudio de UNODC identificó, además, coincidencia territorial entre explotación de oro de aluvión y presencia de grupos armados ilegales en numerosos municipios.

Esa coincidencia merece investigación. No constituye, por sí sola, prueba de que cada explotación esté vinculada con una organización armada.

La distinción importa porque el periodismo debe señalar los riesgos sin transformar sospechas en acusaciones.

¿Quién responde por lo que está ocurriendo?

Colombia dispone de instituciones ambientales, sistemas de monitoreo, áreas protegidas y normas destinadas a conservar sus recursos naturales.

También cuenta con información satelital capaz de identificar transformaciones del bosque y evidencias de actividades extractivas.

Entonces, el problema no consiste únicamente en saber dónde ocurre la degradación ambiental.

Consiste también en determinar qué sucede después de que las instituciones identifican los daños.

¿Cuántas investigaciones administrativas y penales se abren? ¿Cuántas terminan en decisiones? ¿Cuántas áreas afectadas son restauradas? ¿Cuánto dinero se invierte y qué resultados se obtienen?

Los documentos examinados para esta nota no permiten responder completamente esas preguntas.

Tampoco sería responsable afirmar que todas las entidades han sido negligentes o que existe una red específica de corrupción sin evidencia documental suficiente.

Lo que sí muestran los datos es que las presiones ambientales continúan y que la publicación de estadísticas no reemplaza la necesidad de rendición de cuentas.

Un país que todavía puede decidir qué futuro quiere

Colombia conserva una riqueza natural excepcional. Sus selvas, montañas, ríos y mares forman parte de un patrimonio que no pertenece solamente a una generación.

Las cifras de 2026 ofrecen razones para reconocer avances, pero también para exigir explicaciones.

Se ha reducido la deforestación respecto a 2021. Al mismo tiempo, la explotación de oro de aluvión continúa aumentando y una proporción considerable se desarrolla por fuera de las condiciones legales.

Son dos realidades que deben examinarse juntas, sin ocultar ninguna.

Porque el verdadero resultado de una política ambiental no debería medirse solamente en hectáreas declaradas bajo protección o en porcentajes anunciados durante una conferencia.

También debería poder reconocerse en bosques que permanecen en pie, ríos que mantienen su equilibrio ecológico y comunidades que pueden seguir viviendo dignamente en sus territorios.

Colombia todavía tiene una enorme riqueza natural que proteger. La pregunta es si las decisiones que se toman hoy serán suficientes para conservarla mañana.


Omar Rodríguez
Omar Rodríguez

Corresponsal | Periodista investigativo

Omar Rodríguez es periodista, corresponsal y periodista investigativo de SANA Prensa Independiente, con base en Nueva York. Cuenta con más de una década de experiencia vinculada al ejercicio periodístico y a la cobertura de temas de interés público, actualidad, migración, derechos humanos, comunidad y asuntos institucionales.

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