De la Espriella lidera una elección colombiana dominada por miedo y rabia

Imagen: El País
Abelardo de la Espriella parte como favorito en una elección colombiana marcada por el temor a la inseguridad y la rabia contra la política tradicional. Su ascenso revela un electorado cansado que busca mano dura, aunque el remedio podría agravar la fractura.
Colombia llega a las urnas con el pulso marcado por dos emociones que casi nunca construyen buena gobernabilidad: miedo y rabia. En ese terreno, el ultraderechista Abelardo de la Espriella aparece como el aspirante mejor posicionado, capitalizando un clima político en el que la promesa de orden pesa más que el debate sobre reformas o consensos. La campaña, más que una disputa de programas, se ha convertido en un plebiscito sobre el hartazgo acumulado frente a la violencia, la inseguridad y una clase dirigente que muchos votantes consideran desconectada de la calle.
El fenómeno no sorprende si se mira el momento que atraviesa el país. La desconfianza hacia las instituciones sigue alta, la polarización no cede y buena parte del electorado siente que los problemas cotidianos —desde la extorsión y el crimen hasta el empleo precario y el costo de vida— no encuentran respuesta suficiente en el Estado. En ese escenario, De la Espriella ha logrado presentarse como el candidato de la mano dura, alguien que encarna castigo frente a la delincuencia y ruptura frente a la política tradicional. Según El País, ese mensaje le está dando ventaja en una contienda donde el voto de rechazo —contra el Gobierno, contra las élites y contra la inseguridad— pesa tanto como la adhesión a un proyecto concreto.
Lo que está en juego va más allá de un nombre propio. Colombia vuelve a mostrar una tendencia que también se ha visto en otras democracias de la región: cuando la frustración social supera cierto umbral, el electorado premia a quienes ofrecen respuestas simples a problemas complejos. Eso suele favorecer a figuras duras, con discurso de choque y poca paciencia para los matices. El problema es que esa lógica puede producir una victoria electoral, pero no necesariamente una salida efectiva a la crisis. Gobernar un país profundamente fragmentado exige coaliciones, negociación y capacidad institucional; justo lo contrario de lo que alimenta una campaña construida sobre el miedo y la rabia.
Por eso esta elección importa más allá de Colombia. Si el malestar termina llevando al poder a un perfil abiertamente confrontacional, el país podría entrar en una etapa de mayor tensión interna y de relaciones más ásperas con sus contrapesos políticos y sociales. Pero incluso si el resultado final no consagra a De la Espriella, su avance ya dice mucho: una parte significativa de la sociedad colombiana no está votando solo por un candidato, sino contra un sistema que percibe agotado. Y cuando el voto nace de la furia, la pregunta no es únicamente quién gana, sino qué clase de país queda después.


