Coordinadora Nacional entrega 105 armas y miles de municiones antes de entrar a la ZUT
Imagen: El Tiempo - Política
La Coordinadora Nacional entregó 105 armas y más de 24.000 municiones para su destrucción antes de entrar a la ZUT. El gesto, aunque simbólico, pone a prueba la capacidad del Estado para convertir un desarme parcial en un paso real hacia la desescalada armada.
La disidencia Coordinadora Nacional dio un paso que busca enviar un mensaje político y militar al mismo tiempo: entregó 105 armas y más de 24.000 municiones para su destrucción antes de ingresar a la ZUT. Entre el material reportado hay fusiles, pistolas, morteros artesanales, lanzagranadas y una ametralladora, un inventario que deja ver que no se trata de un gesto menor sino de una reducción tangible de su capacidad de fuego, según informó El Tiempo - Política.
La eliminación de ese arsenal quedará en manos de la Fuerza Pública, lo que introduce una capa adicional de control estatal sobre un proceso que, por su naturaleza, depende tanto de la confianza como de la verificación. En términos prácticos, la entrega no solo busca sacar del circuito armas que podrían seguir alimentando confrontaciones locales, sino también dar una señal de cumplimiento antes de la concentración de los combatientes en la ZUT. En un país donde cada anuncio sobre diálogo con grupos armados se mide por resultados verificables, el dato duro importa: 105 armas y más de 24.000 municiones no son un simple acto protocolario, sino una disminución concreta del potencial ofensivo de la disidencia.
El contexto es clave para entender por qué este episodio trasciende la fotografía del momento. En Colombia, los procesos con grupos armados suelen avanzar entre la expectativa política y el escepticismo ciudadano, especialmente en regiones donde la violencia no se mide solo por los combates, sino por extorsiones, confinamientos, reclutamiento y control territorial. Por eso, la entrega de armas antes de entrar a una ZUT puede leerse como una prueba de intención, pero también como una apuesta de alto riesgo: si el Estado no logra garantizar condiciones claras de seguridad, verificación y acompañamiento, el desarme puede quedarse en un símbolo aislado. Y si sí lo logra, el impacto puede sentirse más allá de los comunicados oficiales, en territorios donde la presencia de fusiles y municiones determina la vida diaria de las comunidades.
Aun así, sería ingenuo convertir este hecho en una garantía de paz. La verdadera pregunta no es solo cuántas armas se entregaron, sino qué capacidad real tiene el proceso para sostenerse en el tiempo y evitar que otros actores ocupen el vacío dejado por la desmovilización parcial. La experiencia colombiana muestra que cada desarme incompleto o mal verificado puede terminar reciclando violencia en otra forma. Por eso, lo que ocurra después de la entrada a la ZUT será más importante que la ceremonia previa: allí se sabrá si la Coordinadora Nacional está dando un paso hacia una salida negociada o apenas ganando tiempo en una transición todavía frágil.



