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Mongolia Interior: la zona rural china que Pekín convierte en pieza clave contra EE.UU.

Hace 4 horas
Mongolia Interior: la zona rural china que Pekín convierte en pieza clave contra EE.UU.

Imagen: BBC Mundo

Mongolia Interior, una región rural asociada a la ganadería y al cultivo de papas, se ha convertido en una pieza clave de la carrera tecnológica entre China y Estados Unidos. Allí, Pekín está levantando infraestructura para alimentar su ambición en inteligencia artificial y reducir su dependencia del exterior.

Mongolia Interior, una de las regiones más rurales y menos asociadas al poder tecnológico chino, está entrando de lleno en la disputa estratégica con Estados Unidos por el liderazgo en inteligencia artificial. Lo que durante décadas fue un territorio identificado con la ganadería, el carbón y los cultivos de papa, hoy se está transformando en un enclave donde China instala la infraestructura que necesita para sostener su ambición digital: energía, conectividad y capacidad de cómputo. El cambio no es menor. En la práctica, significa que una zona periférica del país se está convirtiendo en una pieza central de una competencia global que definirá quién controla la próxima gran ola tecnológica.

La visita de BBC Mundo a Mongolia Interior deja ver una paradoja reveladora: mientras Washington y Pekín compiten por chips avanzados, modelos de lenguaje y poder de procesamiento, el terreno donde se libra parte de esa batalla está lejos de Silicon Valley o de los polos financieros de China. Allí, de acuerdo con el reportaje, el gobierno chino ha impulsado proyectos vinculados al almacenamiento y procesamiento de datos, aprovechando ventajas que una zona rural puede ofrecer: amplios espacios, disponibilidad de energía y condiciones para levantar centros de datos a gran escala. En un mundo donde la inteligencia artificial exige cantidades enormes de electricidad y refrigeración, regiones como esta se vuelven estratégicas casi por definición.

Lo que sucede en Mongolia Interior importa porque revela la dimensión territorial de la rivalidad tecnológica entre las dos mayores potencias económicas del planeta. La discusión pública suele concentrarse en restricciones a la exportación de chips, controles comerciales y anuncios de laboratorio, pero el desarrollo de la inteligencia artificial depende también de algo mucho más material: dónde se ubican los servidores, quién suministra la energía y qué regiones soportan el costo ambiental y físico de esa expansión. En China, esa apuesta parece estar redistribuyendo el mapa del desarrollo interno, llevando inversión y empleo a zonas que antes quedaban al margen, pero también concentrando allí una nueva dependencia económica asociada a la industria digital.

Ese movimiento tiene implicaciones que van más allá de China. Si Pekín logra consolidar una red sólida de infraestructura para IA, podrá reducir vulnerabilidades frente a las sanciones estadounidenses y acelerar su carrera por autonomía tecnológica. Para Estados Unidos, eso significa que la competencia ya no se define solo en laboratorios o en las oficinas de las grandes tecnológicas, sino también en lugares remotos donde se decide quién tiene la energía, la tierra y la capacidad industrial para sostener el futuro de la inteligencia artificial. En otras palabras, la batalla tecnológica entre Washington y Pekín también se está jugando en zonas agrícolas que, hasta hace poco, parecían estar muy lejos de ese tablero global.

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