EE.UU. resiste donde otros se frenan: las claves de una economía que sigue desafiando pronósticos

Imagen: BBC Mundo
EE.UU. sigue creciendo a un ritmo que sorprende a economistas y deja atrás a otras potencias. La clave no es una sola: consumo fuerte, empleo robusto, gasto público y una economía menos vulnerable a los choques que golpearon a Europa y Asia.
La economía de Estados Unidos ha vuelto a hacer lo que parecía improbable: sortear los golpes que han frenado a varias potencias avanzadas y mantenerse como la más dinámica entre sus pares. Mientras otras economías lidiaron con energía cara, tasas altas, menor consumo y riesgo de recesión, la estadounidense ha seguido expandiéndose con una mezcla de empleo sólido, gasto de los hogares y una capacidad de adaptación que todavía desconcierta a más de un analista, según informó BBC Mundo. El resultado no es solo una estadística favorable para Washington; también es una señal de que el mayor mercado del mundo sigue funcionando como un amortiguador global en tiempos de incertidumbre.
Detrás de esa resistencia hay varios factores que se alimentan entre sí. El primero es el mercado laboral, que se mantuvo más firme de lo previsto y sostuvo los ingresos de millones de personas, permitiendo que el consumo no se desplomara. El segundo es el impulso fiscal acumulado en los últimos años, con inversiones públicas y apoyo a sectores estratégicos que dejaron más actividad en la economía real. A eso se suma un tejido empresarial especialmente flexible, capaz de absorber shocks con rapidez y trasladar costos de forma más eficiente que en otras regiones. En paralelo, la innovación tecnológica —con especial peso en software, inteligencia artificial y servicios digitales— ha ayudado a elevar la productividad y a sostener la inversión privada, aun en un entorno de tasas elevadas.
También importa lo que Estados Unidos no sufrió con la misma intensidad que sus rivales. Europa cargó durante meses con la factura energética y con una demanda interna más débil; Reino Unido arrastró la resaca de la inflación y la caída del poder adquisitivo; Japón y otras economías asiáticas enfrentaron presiones distintas, desde el encarecimiento de importaciones hasta la fragilidad de algunos sectores exportadores. EE.UU., en cambio, llegó a este ciclo con una ventaja clave: una economía enorme, diversificada y relativamente menos dependiente de choques externos inmediatos. Además, la llegada de más trabajadores por migración ha ayudado a expandir la oferta laboral, reduciendo parte de las tensiones que en otros países se traducen en escasez de mano de obra y menor crecimiento. En otras palabras, Washington ha logrado algo poco común: enfriar la inflación sin apagar por completo la actividad.
Pero la pregunta de fondo no es solo por qué EE.UU. resiste hoy, sino cuánto puede sostener esta excepcionalidad. Si el consumo se debilita, si la deuda pública sigue creciendo o si la Reserva Federal mantiene el costo del dinero alto durante demasiado tiempo, el margen de maniobra puede reducirse rápido. Aun así, el contraste con sus rivales deja una enseñanza clara: la fortaleza estadounidense no depende de una sola palanca, sino de un ecosistema que combina mercado interno profundo, capacidad de innovación, gasto público y una reserva de confianza internacional que todavía no encuentra sustituto. Para el resto del mundo, eso significa que cualquier desaceleración en EE.UU. sigue siendo una amenaza; para sus ciudadanos, significa que la bonanza aparente no debe confundirse con inmunidad permanente.



