Crímenes puntuales y la vieja táctica de la ultraderecha para agitar contra migrantes

Imagen: El País
Crímenes recientes en Belfast y Southampton se han convertido en gasolina política para la extrema derecha, que busca llevar el miedo a las calles. Bajo el discurso del orden, lo que crece es una campaña para culpabilizar a la inmigración de todo lo que inquieta al Reino Unido.
La extrema derecha británica está convirtiendo delitos de alto impacto en una palanca para movilizar a miles de personas contra la inmigración, y el patrón ya se repite con inquietante precisión: ocurre un crimen brutal, se multiplica la indignación en redes y, en cuestión de horas, el relato se transforma en una ofensiva callejera contra migrantes y minorías. Casos recientes como el asesinato de Nowak y el ataque violento en Belfast —incluido el intento de decapitación que ha sacudido a la capital norirlandesa, según la cobertura de El País— han funcionado como detonantes de protestas que ya no se presentan solo como rechazo a un hecho puntual, sino como un cuestionamiento generalizado a la presencia migrante en el Reino Unido.
Lo que está en juego no es únicamente la reacción emocional ante un crimen, sino la capacidad de organizaciones y agitadores ultraderechistas para imponer una lectura política de esos episodios. En su narrativa, cada ataque se vuelve prueba de un supuesto colapso migratorio; cada agresión individual se usa para reforzar la idea de que el Estado ha perdido el control de sus fronteras. Esa operación funciona porque mezcla dolor real, miedo social y desinformación. No hace falta que exista una relación causal entre inmigración y delito para que el mensaje cale: basta con repetirlo con suficiente volumen, en momentos de alta tensión, para arrastrar a sectores que se sienten abandonados por las instituciones y tentados por respuestas simples a problemas complejos.
El contexto ayuda a entender por qué esta estrategia encuentra terreno fértil. Reino Unido, como buena parte de Europa, atraviesa una etapa de frustración acumulada: vivienda cara, servicios públicos tensionados, salarios presionados y una discusión política cada vez más dominada por el tema fronterizo. En ese clima, la extrema derecha no necesita inventar el malestar; le basta con darle un enemigo visible. El problema es que esa simplificación degrada el debate público y empuja a la sociedad hacia una espiral peligrosa, donde la seguridad se convierte en excusa para la estigmatización. Para la gente común, el resultado no es más protección, sino más polarización, más miedo en barrios con población migrante y más presión sobre policías y autoridades locales, que terminan administrando la consecuencia de una rabia politizada.
Lo más preocupante es que este tipo de movilización no se agota en una manifestación. Deja huellas: normaliza el insulto, legitima el hostigamiento y hace que la presencia de extranjeros se perciba como una amenaza antes que como parte de la vida cotidiana. En una coyuntura así, cada crimen grave corre el riesgo de ser secuestrado por quienes buscan convertir la inseguridad en capital político. Y cuando eso ocurre, la discusión deja de ser sobre justicia o prevención y pasa a ser una batalla por definir quién pertenece, quién sobra y quién paga el costo de una sociedad cada vez más dividida.




