Las empresas gastan 27.000 millones al año por sustituir a trabajadores séniors

Imagen: El País
Las empresas están pagando un precio alto por renovar sus plantillas: cada año destinan 27.000 millones de euros a sustituir a trabajadores séniors. La estadística oficial además muestra que entre 2022 y 2024 los despidos de mayores de 45 años crecieron 20%.
Rejuvenecer las plantillas no solo tiene un costo humano: también sale caro en la cuenta de resultados. Según informó El País, las empresas gastan unos 27.000 millones de euros al año en reemplazar a trabajadores séniors, mientras la estadística oficial revela que entre 2022 y 2024 el número de despedidos mayores de 45 años aumentó un 20%, una señal de que la salida de empleados con más experiencia se está acelerando.
El dato no es menor. Detrás de cada despido hay un proceso de sustitución que implica selección, formación, adaptación y, muchas veces, una pérdida temporal de productividad. En teoría, las compañías pueden pensar que un relevo generacional abarata salarios o moderniza equipos; en la práctica, ese movimiento suele traer costes invisibles: más tiempo de incorporación, menor conocimiento acumulado y una merma de eficiencia mientras el nuevo personal aprende. El informe citado por El País pone el foco justamente en ese gasto recurrente que muchas empresas no contabilizan cuando deciden prescindir de perfiles veteranos.
El incremento del 20% en los despidos de mayores de 45 años entre 2022 y 2024 añade otra capa de lectura. No se trata solo de una tendencia laboral; también refleja un mercado que sigue penalizando la edad en un momento en que la experiencia debería ser un activo. En economías como la española, donde el envejecimiento poblacional avanza y la presión sobre los sistemas de pensiones y empleo será cada vez mayor, expulsar talento sénior puede convertirse en un error estratégico. Para las empresas, el relevo mal gestionado puede salir más caro que retener a quienes ya conocen el negocio; para los trabajadores, la pérdida de empleo a esas edades suele traducirse en trayectorias más largas de paro y más dificultades para reengancharse.
La fotografía que deja esta información es incómoda para el discurso empresarial que presenta la renovación como sinónimo automático de eficiencia. Cambiar la plantilla puede ser necesario, pero no siempre es barato ni inteligente. Y mientras la edad siga pesando más que la experiencia en las decisiones de contratación y despido, compañías y trabajadores seguirán pagando una factura que no aparece en los balances, pero que termina afectando a la productividad, la estabilidad laboral y la competitividad del país.



