Damasco permite a Rusia conservar sus bases y Moscú retiene su pulso en Siria

Imagen: El País
Damasco y Moscú cerraron un acuerdo para que Rusia mantenga sus bases militares en el Mediterráneo sirio, pese a la caída de Bachar el Asad. El pacto preserva la huella estratégica rusa en Oriente Próximo tras 18 meses de negociaciones.
Damasco y Moscú han sellado un entendimiento que permite a Rusia conservar sus bases militares en la costa mediterránea de Siria, un movimiento que confirma que el Kremlin sigue teniendo una carta de peso en Oriente Próximo incluso después del derrumbe político de su viejo aliado Bachar el Asad. El acuerdo llega tras 18 meses de conversaciones y evita que Moscú pierda de golpe uno de sus principales puntos de apoyo militar y logístico fuera de su territorio.
Según informó El País, el pacto garantiza la continuidad de la presencia rusa en instalaciones clave como las que han servido durante años para sostener operaciones navales y aéreas en la región. Para Moscú, no se trata solo de infraestructura: se trata de proyección de poder, acceso al Mediterráneo y capacidad de influir en un tablero donde se cruzan intereses de Turquía, Irán, Israel, Estados Unidos y los países árabes. Para las nuevas autoridades sirias, en cambio, el arreglo parece responder a una lógica más pragmática: reconstruir relaciones internacionales, estabilizar el país y asegurar margen de maniobra en un escenario económico y político todavía frágil.
Lo relevante aquí no es únicamente que Rusia conserve dos enclaves militares, sino lo que eso dice del nuevo equilibrio en Siria. La caída de Asad no borró de inmediato la red de intereses que durante más de una década sostuvo la guerra y el reparto de influencias en el país. Moscú, que intervino decisivamente para salvar al régimen sirio en 2015, ha conseguido adaptarse al cambio de poder sin abandonar el terreno. Esa supervivencia tiene implicaciones regionales claras: le permite seguir pesando sobre las rutas energéticas, las dinámicas de seguridad del Mediterráneo oriental y cualquier negociación futura sobre el destino de Siria. Para la población siria, sin embargo, el acuerdo abre otra pregunta incómoda: si las grandes potencias ya cerraron su propio arreglo, ¿qué espacio real queda para que la reconstrucción del país responda a las necesidades de la gente y no a los cálculos de siempre?



