Reconstrucción sí, pero sin crédito rural no hay salida para el campo colombiano
Imagen: El Tiempo (Colombia)
La reconstrucción tras emergencias en Colombia sigue topándose con un obstáculo viejo y profundo: el crédito no está llegando donde más se necesita. Desde Asobancaria, gremios y gobiernos regionales advirtieron que solo 2,7 % de esos recursos alcanza a pequeños campesinos.
La discusión sobre la reconstrucción después de una emergencia volvió a poner sobre la mesa una realidad incómoda: en Colombia, el acceso al crédito sigue concentrado lejos de los pequeños productores rurales, precisamente quienes más lo necesitan cuando un desastre golpea sus finanzas. Desde Asobancaria, junto con gremios y representantes del gobierno regional, se insistió en que la financiación es una pieza clave para reactivar economías locales, pero también se admitió que la distribución del crédito sigue siendo profundamente desigual. El dato más revelador es que apenas 2,7 % de esos préstamos llega a pequeños campesinos, una cifra que desnuda la fragilidad del sistema para responder con rapidez y justicia en contextos de crisis.
El punto no es menor. Cuando una emergencia destruye cultivos, infraestructura o inventarios, el tiempo de recuperación depende de contar con recursos frescos y oportunos. Sin embargo, el sistema financiero colombiano ha mostrado históricamente una preferencia por clientes con mayor capacidad de respaldo, trámites más simples y menor riesgo percibido. Eso deja por fuera a buena parte del campo, donde el pequeño productor suele enfrentar informalidad, baja bancarización, dificultades para demostrar ingresos y, en muchos casos, poca capacidad para ofrecer garantías. En la práctica, eso significa que el crédito llega tarde, llega caro o simplemente no llega.
Lo que expusieron Asobancaria, los gremios y las autoridades regionales debería leerse como una advertencia de política pública. Si el país quiere que la reconstrucción tras inundaciones, deslizamientos, sequías o incendios no se convierta en una condena prolongada para las comunidades rurales, necesita mecanismos de financiamiento diseñados para su realidad. No basta con anunciar líneas de crédito en abstracto: hacen falta condiciones blandas, acompañamiento técnico, canales de desembolso ágiles y una estrategia para reducir el riesgo sin trasladarlo por completo al campesino. De lo contrario, el crédito seguirá siendo un instrumento útil para los grandes, pero insuficiente para quienes sostienen la producción de alimentos en las regiones.
La cifra de 2,7 % funciona como un síntoma y también como una alarma. Mientras el país habla de reactivación, seguridad alimentaria y adaptación al cambio climático, el acceso al financiamiento para el pequeño campesino sigue siendo marginal. Y eso importa no solo para el sector rural, sino para los consumidores urbanos: cuando el campo no se recupera, suben los costos, se rompe la oferta y se profundizan las desigualdades. En otras palabras, la reconstrucción no será completa mientras el crédito continúe repartido de forma tan desbalanceada.




