Centro Democrático aprieta la puja por la presidencia del Senado con Honorio Henríquez
Imagen: El Tiempo - Política
El Centro Democrático insiste en quedarse con la presidencia del Senado y volvió a promover a Honorio Henríquez para ese cargo. Álvaro Uribe y Paloma Valencia sostienen que, por criterio político, la mesa directiva le corresponde a su colectividad.
El Centro Democrático volvió a mover sus fichas para quedarse con la presidencia del Senado y mantuvo en el centro de la discusión el nombre de Honorio Henríquez. La presión política crece dentro del Congreso luego de que el expresidente Álvaro Uribe y la senadora Paloma Valencia insistieran en que, por derecho de representación, la mesa directiva de la corporación debería quedar en manos de esa colectividad.
La postura del uribismo no es menor. En el Senado, la presidencia no solo define el orden de la agenda y el trámite legislativo, sino que también tiene peso en la correlación de fuerzas dentro de una cámara donde cada voto puede inclinar negociaciones clave con el Gobierno y con las demás bancadas. De acuerdo con lo planteado por Uribe y Valencia, su partido considera que ya cumplió con los criterios políticos para reclamar ese espacio, y por eso siguen promoviendo a Henríquez como la carta más sólida para asumir el cargo.
El pulso revela algo más profundo que una simple disputa de nombres: la pelea por la presidencia del Senado suele anticipar la temperatura política del segundo semestre legislativo. En un Congreso fragmentado, donde las mayorías se arman caso por caso, controlar la mesa directiva significa influir en ritmos, prioridades y, en la práctica, en la capacidad de cada bancada para presionar al Ejecutivo. Por eso, el reclamo del Centro Democrático también debe leerse como una señal de reposicionamiento político tras varios años en los que el uribismo ha intentado conservar influencia institucional, incluso sin ser la fuerza dominante.
Si el nombre de Honorio Henríquez logra consolidarse, el Centro Democrático enviaría un mensaje claro: sigue dispuesto a disputar espacios de poder formal en el Senado y a no ceder terreno frente a otras fuerzas que también buscan dirigir la corporación. Si no prospera, la colectividad podría quedar expuesta a un nuevo golpe de correlación parlamentaria, en un momento en el que cada bancada intenta blindar su capacidad de negociación frente a las reformas y debates que vienen. En el fondo, esta no es solo una pelea por un cargo: es una pelea por quién marca el paso en el corazón político del Congreso.




