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Diez años después, el Brexit sigue dividiendo a Reino Unido y golpeando su economía

Hace 6 horas

A una década del referéndum, el Brexit sigue sin cerrar la herida política ni económica en Reino Unido. Mientras crece el apoyo ciudadano a recomponer la relación con la Unión Europea, los expertos advierten que el costo para la economía sigue siendo alto.

Diez años después del referéndum que sacó a Reino Unido de la Unión Europea, el Brexit sigue siendo una fractura abierta en la política británica y una carga persistente para su economía. Las encuestas más recientes muestran que más de la mitad de la población apoyaría volver al bloque europeo, una señal de cómo cambió el clima social desde 2016, cuando la promesa de recuperar soberanía y controlar fronteras terminó imponiéndose por un margen estrecho. Hoy, con el paso del tiempo, el balance público parece menos ideológico y más práctico: para muchos británicos, la salida no resolvió los problemas que prometía atacar y, en cambio, dejó más incertidumbre, más costos y menos margen de maniobra.

Según el análisis difundido por infobae mundo, especialistas estiman que el impacto del Brexit sobre la economía británica podría traducirse en pérdidas de hasta un 8% del PBI, una cifra que explica por qué el tema dejó de ser un debate puramente diplomático para convertirse en una preocupación de bolsillo. Esa merma se ha reflejado en fricciones comerciales, mayores trabas para exportar e importar, menos facilidad para contratar trabajadores europeos y una pérdida de dinamismo en sectores que antes dependían de la integración con el mercado comunitario. En la práctica, el Reino Unido ya no opera con la misma fluidez que antes de 2020, y eso se nota en la productividad, en la inversión y en la competitividad frente a sus vecinos.

La discusión sobre el Brexit importa porque no sólo define la relación de Londres con Bruselas, sino también el rumbo de la economía británica en un contexto global más inestable. La salida de la Unión Europea fue vendida como una forma de recuperar control, pero una década después el costo de esa decisión sigue repartido entre hogares, empresas y el propio Estado. Para la gente común, esto se traduce en precios más altos, menos oportunidades laborales en ciertos sectores y un mercado menos abierto que antes. Y para la clase política, la señal es incómoda: cuanto más se enfría el entusiasmo por el Brexit, más crece la presión para revisar una apuesta que, lejos de cerrar una etapa, parece haber inaugurado otra de división permanente.

En ese escenario, Reino Unido enfrenta un dilema de fondo: insistir en la narrativa de la separación o reconocer que su economía todavía paga una factura elevada por haberse aislado de su principal socio comercial. La discusión ya no gira sólo en torno a la soberanía, sino a la capacidad real del país para crecer, atraer inversión y ofrecer estabilidad en un mundo donde el pragmatismo pesa más que los símbolos.

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