Traslado de Digno Palomino a Palogordo busca cortar el poder de Los Pepes desde prisión

Imagen: infobae colombia
Digno Palomino, señalado jefe de Los Pepes, será trasladado de Bogotá a la cárcel de máxima seguridad de Palogordo, en Girón, Santander. La movida hace parte del plan del presidente Abelardo De la Espriella para cortar la operación de estructuras ilegales desde prisión.
El traslado de Digno Palomino a la cárcel de máxima seguridad de Palogordo, en Girón, Santander, no es solo un movimiento carcelario: es un mensaje político y operativo contra las mafias que siguen mandando desde rejas adentro. Según informó infobae colombia, el señalado jefe de Los Pepes saldrá desde Bogotá en una maniobra que busca aislarlo y reducir su capacidad de seguir articulando órdenes con su estructura criminal.
De acuerdo con la información conocida, la decisión se enmarca en el plan impulsado por el presidente Abelardo De la Espriella para impedir que organizaciones ilegales mantengan poder desde los centros penitenciarios. En Colombia, ese problema no es nuevo: varias estructuras delincuenciales han demostrado que la cárcel, lejos de ser un punto final, puede convertirse en una oficina de mando, comunicaciones y coordinación de retaliaciones. Por eso, mover a un hombre de alto perfil como Palomino a una prisión de máxima seguridad no solo apunta a controlarlo físicamente, sino a desarticular redes de influencia que suelen sobrevivir a la captura de sus líderes.
El caso de Palomino, además, reaviva una discusión de fondo: hasta qué punto el Estado colombiano ha sido capaz de evitar que las cárceles funcionen como centros de poder criminal. Cuando un jefe señalado de dirigir una estructura como Los Pepes conserva capacidad de decisión, el impacto no se limita al sistema penitenciario; se traduce en extorsiones, amenazas, disputas territoriales y más violencia en barrios donde la presencia estatal es débil. En ese sentido, Palogordo aparece como una apuesta de contención, aunque el verdadero desafío será comprobar si la seguridad física del preso también logra cortar sus canales de mando hacia afuera.
Para la ciudadanía, este traslado importa por una razón sencilla: cada vez que un líder criminal conserva capacidad de operar desde prisión, la promesa de justicia se diluye. El Estado puede capturarlo, pero si no neutraliza su influencia, la red sigue viva. El caso de Digno Palomino será, entonces, una prueba para medir si el Gobierno está dispuesto a ir más allá del símbolo y golpear de verdad la columna vertebral de estas organizaciones.


