Disturbios en Bruselas durante huelga contra el ajuste de Bart De Wever
Imagen: infobae mundo
Bruselas vivió una jornada de alta tensión durante la huelga nacional contra el ajuste fiscal del gobierno de Bart De Wever. La protesta reunió a unas 30.000 personas y terminó con choques entre jóvenes y policías, gases lacrimógenos y autobuses dañados.
Bruselas terminó este martes convertida en el epicentro de una protesta sindical que mezcló reclamos laborales, rechazo político y disturbios callejeros. Cerca de 30.000 personas salieron a marchar contra el plan de recortes impulsado por el primer ministro belga, Bart De Wever, en una jornada que derivó en enfrentamientos entre jóvenes y la policía, con uso de gases lacrimógenos, lanzamiento de adoquines y varios autobuses destrozados.
La movilización, convocada en el marco de una huelga nacional, reflejó el malestar que atraviesa a buena parte del movimiento sindical belga frente a un ajuste que busca contener el gasto público y reordenar las cuentas del Estado. Según informó infobae mundo, la protesta concentró a trabajadores y organizaciones sociales en la capital, donde el clima se fue tensando a medida que avanzaba la jornada y los grupos más radicalizados tomaron protagonismo en las calles.
El episodio no es menor en un país donde la conflictividad social suele expresarse con fuerza cuando los gobiernos intentan tocar derechos o beneficios adquiridos. Bélgica, además, enfrenta el mismo dilema que otros países europeos: cómo equilibrar disciplina fiscal y protección social sin profundizar la brecha entre gobiernos y sindicatos. En ese contexto, el plan de De Wever se convirtió en el detonante de una respuesta que va más allá de una huelga puntual y anticipa nuevas pulseadas políticas en torno al presupuesto, el empleo y el costo de la vida.
Lo ocurrido en Bruselas también deja una señal sobre el pulso de la calle en Europa. Cuando una protesta de estas dimensiones termina en choques y destrozos, el debate deja de ser solo económico y pasa a ser de gobernabilidad. Para el gobierno belga, el desafío ya no es únicamente defender los recortes, sino evitar que el conflicto social se expanda y erosione aún más su capacidad de maniobra en un escenario político cada vez más frágil.



