Sinaloa baja homicidios, pero la guerra entre cárteles sigue viva y más silenciosa

Imagen: infobae
Dos años después de la ruptura interna del Cártel de Sinaloa, la violencia homicida en el estado muestra una baja que no significa paz. Investigadores atribuyen el descenso a capturas, presión de Estados Unidos y una reconfiguración criminal que ha obligado a los grupos a operar con menos ruido.
La guerra interna que estalló en Sinaloa tras la fractura del Cártel de Sinaloa cumple dos años con una paradoja inquietante: bajan los homicidios, pero no necesariamente baja el control criminal. Lo que está ocurriendo, según advierten investigadores consultados por infobae, no es el fin de la disputa entre La Mayiza y La Chapiza, sino una etapa de menor exposición pública, producto de golpes estatales, presión de Estados Unidos y una reacomodación forzada de las redes delictivas.
En términos prácticos, la reducción de asesinatos responde a una mezcla de factores que el mundo criminal conoce bien: capturas de operadores, decomisos, seguimiento financiero y la necesidad de los cárteles de “bajar el perfil” cuando la atención gubernamental se intensifica. Pero detrás de ese descenso estadístico persiste una lógica de poder: los grupos armados buscan consolidar territorios, proteger rutas y estabilizar negocios ilegales que van mucho más allá del trasiego de drogas. En ese esquema, la violencia abierta se vuelve costosa y contraproducente, aunque la amenaza siga intacta para comunidades enteras.
El caso de Sinaloa es especialmente relevante porque funciona como termómetro de la estrategia antidrogas en México y de la presión que Washington ejerce sobre el crimen organizado transnacional. Cuando Estados Unidos endurece el cerco sobre laboratorios, finanzas y redes de lavado, los cárteles suelen reaccionar con fragmentación, cautela operativa y una disputa menos visible pero más sofisticada. Eso explica por qué una caída en homicidios no debe leerse como pacificación, sino como una mutación del conflicto: menos balaceras a la vista, más control silencioso, más extorsión, más vigilancia territorial y más capacidad de adaptación criminal. Para la población de a pie, la diferencia entre una guerra ruidosa y un dominio discreto puede ser mínima si el miedo, la impunidad y la economía ilegal siguen marcando la vida cotidiana.
A dos años del estallido de esta ruptura, el desafío para las autoridades no es solo contener los picos de violencia, sino evitar que el reordenamiento criminal termine fortaleciendo nuevos monopolios del delito. La historia reciente de Sinaloa muestra que la criminalidad no siempre se debilita cuando baja la sangre en las calles; a veces simplemente aprende a esconderse mejor. Y cuando eso pasa, el Estado puede celebrar una estadística mientras el poder real sigue moviéndose, apenas, detrás del telón.




