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Trump y Irán ensayan un acuerdo por etapas que puede destrabar la crisis o hundirla

Hace 4 horas

La Casa Blanca y Teherán negocian un esquema gradual que empezaría por reabrir Ormuz y seguiría con recompensas económicas si Irán cumple exigencias de Washington. El problema es que cada paso abre también una nueva ventana para que el acuerdo se derrumbe.

La negociación que Estados Unidos e Irán exploran bajo el impulso de Donald Trump se perfila como un canje por etapas, no como una gran solución de una sola vez. Según informó infobae mundo, el borrador en discusión parte de una reapertura gradual del estrecho de Ormuz y deja las concesiones económicas para después, condicionadas a que Teherán vaya cumpliendo una serie de exigencias. Es una apuesta de alto riesgo: intenta evitar que la Casa Blanca quede atrapada en una promesa vacía, pero al mismo tiempo multiplica los puntos en los que el entendimiento puede fracasar.

De acuerdo con un alto funcionario estadounidense citado por la prensa, la lógica del plan es ganar tiempo y fijar controles sucesivos antes de entregar alivios reales a Irán. En la práctica, Washington busca que Teherán dé pasos verificables antes de ofrecer beneficios, mientras que los iraníes, según las versiones disponibles, se resisten a ceder primero sin garantías sólidas de que recibirán algo a cambio. El resultado es un tablero de desconfianzas cruzadas en el que nadie parece dispuesto a hacer la primera concesión importante. Aunque Trump y otros altos funcionarios sugieren que el acuerdo podría firmarse incluso este fin de semana, lo que se conoce hasta ahora apunta más a un preacuerdo frágil que a una paz cerrada. La propia Casa Blanca ha desmentido como falsas las publicaciones iraníes que hablaban de un texto completo de 14 puntos, pero sí ha admitido, indirectamente, que el tema nuclear quedaría para una negociación posterior de 60 días.

Ese detalle es clave. En lugar de resolver el núcleo del problema —el programa nuclear iraní, que fue usado por Trump como justificación para la guerra—, el esquema lo empuja hacia una mesa futura, donde nada garantiza un desenlace mejor. Para analistas como Becca Wasser, de Bloomberg Economics, ese tipo de solución aplazada no elimina la crisis; apenas la congela bajo condiciones inestables. Y ahí está el verdadero riesgo político y militar: un alto el fuego solo nominal, sometido a pruebas constantes y expuesto a que cualquier incumplimiento, real o percibido, reactive la violencia. Para Estados Unidos, sin embargo, el escenario también tiene una ganancia estratégica: podría debilitar el control iraní sobre Ormuz, una vía crítica para el petróleo y el gas del Golfo Pérsico, y abrir una puerta para retomar conversaciones más amplias sobre el programa nuclear.

La dimensión económica explica por qué este proceso se sigue con tanta atención en Washington, en los mercados y en las capitales consumidoras de energía. La guerra ha empujado al alza los precios globales del petróleo y ha añadido presión inflacionaria en varias economías, desde Estados Unidos hasta países importadores en Europa y América Latina. Por eso, aun un acuerdo imperfecto tendría impacto inmediato en los bolsillos de la gente: combustible más estable, menor tensión en los mercados y, potencialmente, menos volatilidad en cadenas de suministro ya castigadas. Pero la prudencia domina entre quienes respaldan la línea dura. Voces cercanas al sector de defensa advierten que Trump no debería desperdiciar la ventaja acumulada tras los ataques sucesivos, porque si entrega demasiado pronto alivios económicos o políticos, podría debilitar su capacidad de presión justo cuando más intenta imponer condiciones. En otras palabras, la negociación avanza sobre una cuerda floja: puede convertirse en el inicio de una desescalada real o en la antesala de otro ciclo de guerra diferida.

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