Clan del Golfo y minería ilegal: la selva del Darién vuelve a quedar en disputa

Imagen: infobae colombia
Un operativo aéreo en la selva del Darién dejó al descubierto infraestructura usada para minería ilegal en una zona cada vez más disputada por el Clan del Golfo. La escena confirma que la frontera entre Panamá y Colombia sigue siendo un corredor clave para economías criminales.
La selva del Darién volvió a mostrar que la frontera entre Panamá y Colombia no solo es una ruta de migración y contrabando, sino también un territorio donde la economía ilegal se adapta y se esconde. Una intervención aérea del Servicio Nacional Aeronaval de Panamá, según el recorrido documentado por EFE, detectó bombas de agua y tuberías instaladas en plena zona selvática, mientras varios sospechosos huían al advertir la presencia de helicópteros. La escena apunta a una operación minera clandestina con presencia de actores armados que disputan control territorial en uno de los corredores más difíciles de vigilar de América Latina.
De acuerdo con la información recogida por Infobae Colombia, el hallazgo refuerza las alertas sobre el papel del Clan del Golfo en la expansión de sus rentas ilegales hacia la frontera panameña. La instalación de equipos de extracción en una zona remota no ocurre de manera improvisada: requiere logística, abastecimiento, conocimiento del terreno y redes de protección para sostener la operación. En otras palabras, no se trata de un campamento aislado, sino de una economía ilegal con capacidad de moverse, ocultarse y rearmarse cada vez que aparecen las autoridades. El hecho de que los sospechosos escaparan al notar los helicópteros también muestra una ventaja básica de estos grupos sobre el Estado: conocen la selva, sus rutas y sus tiempos de reacción.
El caso importa por una razón central: la minería ilegal ya no es solo un problema ambiental, sino un negocio criminal que financia violencia, corrompe autoridades locales y degrada territorios donde el Estado llega tarde o llega incompleto. En el Darién, donde confluyen selva, ríos, pasos irregulares y una vigilancia limitada, estas estructuras pueden operar con relativa impunidad si no existe una estrategia binacional sostenida entre Panamá y Colombia. Además, la presencia del Clan del Golfo en este tablero confirma que el grupo no actúa únicamente como una organización ligada al narcotráfico, sino como una red diversificada de control territorial que busca ingresos por cada actividad rentable que encuentre a su paso.
Lo que ocurre en esa frontera debería leerse como una señal de alarma regional. Cuando una organización criminal logra montar infraestructura en un territorio tan inhóspito y sensible, el problema deja de ser local y se convierte en un desafío de seguridad, medio ambiente y gobernabilidad. Si no se refuerza la cooperación entre ambos países, la selva seguirá funcionando como refugio para negocios ilegales que contaminan ríos, desplazan comunidades y consolidan poder armado lejos de los centros urbanos donde se toman las decisiones.




