El Mundial de 2026: una fiesta gigantesca marcada por costos altos y tensión política

Imagen: BBC Mundo
El Mundial de 2026 en Estados Unidos, México y Canadá apunta a ser el más grande de la historia, pero también uno de los más caros y politizados. La fiesta del fútbol llega a Norteamérica con una carga de negocio, seguridad y debate público que trasciende la cancha.
El Mundial de 2026, que se jugará entre Estados Unidos, México y Canadá, no solo será el primero con 48 selecciones: también amenaza con convertirse en el torneo más polémico de la era moderna de la FIFA. Lo que sobre el papel luce como una celebración continental del fútbol, en la práctica está cargado de preguntas incómodas sobre dinero, acceso, seguridad y el uso político del evento. La dimensión del certamen lo vuelve atractivo para la industria deportiva, pero al mismo tiempo lo expone a una crítica cada vez más audible: el espectáculo crece más rápido que la capacidad de los gobiernos y del propio fútbol para administrarlo sin costos sociales y políticos.
La magnitud del torneo explica parte del problema. Tres países, decenas de ciudades sede, millones de aficionados potenciales y una logística que obligará a coordinar transporte, hospedaje, controles migratorios y despliegues de seguridad en un territorio inmenso. A eso se suma el precio de entrada para los hinchas: boletos, vuelos, estadías y desplazamientos internos podrían convertir esta Copa del Mundo en una experiencia reservada, en buena medida, para quienes tienen alto poder adquisitivo. Ese contraste alimenta la crítica más fuerte alrededor del evento: mientras la FIFA proyecta una expansión histórica del negocio, buena parte de los seguidores verá el Mundial desde afuera, no por falta de interés sino por costo. En ese escenario, el torneo corre el riesgo de reforzar la percepción de que el fútbol global se ha convertido en un producto cada vez más elitista.
Pero el costo no es solo económico. También es político. Un Mundial en Norteamérica cae inevitablemente en medio de debates sobre migración, seguridad fronteriza, tensiones comerciales y polarización interna, especialmente en Estados Unidos, donde cualquier evento de alcance global suele ser arrastrado al centro de la disputa partidista. La Copa del Mundo puede ser usada como vitrina de prestigio por los gobiernos anfitriones, pero también como argumento por sus críticos, que cuestionarán desde el gasto público hasta el impacto sobre comunidades locales. En México y Canadá, además, el torneo servirá para medir la capacidad real de coordinación con Washington en un momento en que la región enfrenta presiones cruzadas sobre fronteras, trabajo y movilidad. Lo que ocurra fuera del estadio importará tanto como lo que pase dentro.
Por eso este Mundial no debería leerse únicamente como una cita deportiva. Será, sobre todo, un termómetro del rumbo del negocio del fútbol y de la relación entre los grandes eventos y la política contemporánea. Si sale bien, la FIFA podrá venderlo como el modelo del futuro: más equipos, más sedes y más ingresos. Si sale mal, quedará como advertencia de que la expansión comercial del torneo puede terminar alejándolo de la gente común, que es, al final, quien sostiene la pasión por este deporte. En Norteamérica, el balón rodará sobre una pregunta más grande: cuánto está dispuesto a pagar el público para seguir viendo un Mundial que cada vez se parece más a una operación corporativa y menos a una fiesta popular.


