Abelardo de la Espriella rompe la tradición y no irá a Casa de Nariño antes de posesionarse
Imagen: El Tiempo - Política
Abelardo de la Espriella no irá a la Casa de Nariño antes de su posesión, rompiendo una práctica habitual de transición presidencial. Es la primera vez en la historia reciente que no habrá encuentro entre saliente y entrante antes del traspaso de mando.
Abelardo de la Espriella decidió no acudir a la Casa de Nariño antes de asumir la Presidencia, una ausencia que marca un quiebre con la costumbre republicana de las transiciones ordenadas y, sobre todo, con la imagen de institucionalidad que suele acompañar el relevo de mando en Colombia. Según informó El Tiempo - Política, por primera vez en la historia reciente un presidente saliente y uno entrante no se verán antes del traspaso oficial, un gesto que va más allá de la agenda: habla de la relación política entre ambos y del tono con el que arrancará el nuevo gobierno.
La decisión tiene peso porque esos encuentros previos no son una formalidad menor. En la práctica, sirven para coordinar temas urgentes de seguridad, presupuesto, política exterior, funcionamiento administrativo y mensajes al país en un momento en el que el Estado no puede permitirse vacíos de poder ni ambigüedades. Cuando ese puente no se construye, el relevo puede convertirse en una señal de distancia, de desconfianza o de ruptura política. Y aunque el acto de posesión sigue siendo el momento jurídico central, la ausencia de un diálogo previo reduce el margen para una transición más fluida, algo que normalmente los gobiernos intentan proyectar para calmar a los mercados, a las fuerzas políticas y a la opinión pública.
Este episodio importa porque Colombia no solo cambia de presidente; cambia de prioridades, de equipos y, muchas veces, de rumbo. La falta de encuentro en Casa de Nariño puede leerse como un síntoma del clima de polarización que atraviesa la política colombiana, donde cada gesto institucional termina cargado de significado. Para la gente de a pie, esto no es un debate de protocolo: puede traducirse en incertidumbre sobre continuidad de programas sociales, manejo de la seguridad en regiones sensibles, decisiones económicas de corto plazo y estabilidad en la relación entre ramas del poder. Cuando una transición arranca con señales de cierre, el gobierno entrante queda obligado a demostrar, desde el primer día, que puede gobernar sin el respaldo simbólico de la ceremonia compartida.
También hay una lectura de fondo: en democracias con instituciones sólidas, los rituales importan porque ordenan el poder y reducen tensiones. Que no se produzca ese encuentro antes de la posesión no anula el proceso constitucional, pero sí deja una marca política que será difícil de borrar. La pregunta ahora no es solo cuándo se verá el nuevo presidente con su antecesor, sino qué tan abrupta será la relación entre ambos en los meses que vienen y si esa distancia inicial terminará influyendo en la gobernabilidad del país.




