Petro llegó cinco horas tarde a la UdeA y convirtió su rendición de cuentas en prueba política
Imagen: El Tiempo (Colombia)
Gustavo Petro llegó con cinco horas de retraso a la Universidad de Antioquia para rendir cuentas ante centenares de asistentes. El acto, que debía ser una presentación política, terminó marcado por la espera y por el peso simbólico de hablarle a Antioquia desde el principal campus público del departamento.
El presidente Gustavo Petro terminó enfrentándose no solo a la audiencia que lo esperaba en la Universidad de Antioquia, sino también al costo político de un retraso que marcó por completo el evento. Según informó El Tiempo (Colombia), el jefe de Estado llegó cinco horas tarde al campus de la UdeA, donde finalmente se dirigió a centenares de asistentes que permanecieron en el lugar para escucharlo. En una jornada que debía servir para rendir cuentas a los paisas, la demora se convirtió en la noticia central y en una muestra de cómo, incluso antes de hablar, un presidente ya puede enviar un mensaje sobre su relación con el territorio que visita.
La escena tiene una carga que va más allá de la anécdota logística. Antioquia no es un escenario cualquiera para el Gobierno nacional: es uno de los departamentos con mayor peso económico, político y simbólico del país, y además un territorio donde Petro suele ser observado con lupa por sectores que han mantenido distancia de su proyecto. Por eso, llevar un acto de gobierno a la Universidad de Antioquia no solo implicaba hablarle a estudiantes, docentes y ciudadanos congregados en el campus; también significaba intentar construir interlocución en una región que históricamente ha sido clave en la disputa por la legitimidad presidencial. El hecho de que la asistencia se mantuviera pese a la larga espera habla de la expectativa que todavía despiertan este tipo de encuentros, pero también de la paciencia que se exige a una audiencia acostumbrada a que la política, una vez más, llegue tarde.
En términos de comunicación política, este episodio deja una lección incómoda para la Casa de Nariño: la forma importa tanto como el contenido. Un presidente que llega cinco horas tarde no solo retrasa un discurso, también le entrega a sus críticos una narrativa fácil de instalar: la de un gobierno que pide atención mientras no respeta el tiempo de quienes lo escuchan. Y en un país donde la desconfianza hacia las instituciones sigue siendo alta, esos gestos pesan más de lo que parece. Petro ha insistido en llevar su agenda a los territorios, en hablar directamente con la ciudadanía y en contrastar su narrativa con la de las élites regionales; sin embargo, actos como este muestran que la conexión con la gente no depende únicamente del mensaje, sino de la disciplina con la que ese mensaje se presenta.
Al final, la jornada en la Universidad de Antioquia dejó una imagen doble: la de un mandatario que busca rendir cuentas fuera de Bogotá y la de una audiencia obligada a esperar más de lo razonable para escucharlo. Esa combinación, en vez de fortalecer el gesto de cercanía, termina poniendo en primer plano una pregunta que vale para este gobierno y para cualquiera: ¿cómo se pretende convencer a la ciudadanía de que sus problemas importan si el tiempo de la ciudadanía no parece importar lo mismo?



