EcoInvestiga

El pueblo donde los árboles dejaron de dar sombra

Omar RodríguezOmar RodríguezHace 1 hora
El pueblo donde los árboles dejaron de dar sombra

Durante generaciones, los habitantes de un pequeño pueblo creyeron que los árboles eran eternos. Hasta que una mañana descubrieron que las sombras habían comenzado a desaparecer y que la tierra guardaba una memoria que nadie había querido escuchar. Omar Rodriguez SANA Prensa Independiente Literatura de sensibilización ecológica | Cuento original de ficción

En Santa Lucía de los Vientos, un pueblo tan pequeño que los viajeros lo confundían con un descanso del camino, ocurrió cierta mañana algo que nadie supo explicar: los árboles amanecieron sin sombra.

No fue un asunto que despertara demasiada preocupación al principio. Los hombres continuaron camino a sus parcelas, las mujeres abrieron las ventanas y los niños corrieron hacia la escuela sin advertir que los almendros de la plaza ya no dibujaban sus figuras sobre la tierra.

Solo Eulalia, una anciana que había cumplido ochenta y siete años y conservaba la costumbre de conversar con las plantas, comprendió que algo terrible estaba sucediendo.

—Los árboles están cansados —dijo.

Nadie le prestó atención.

En Santa Lucía estaban acostumbrados a las rarezas de Eulalia. Aseguraba que las lluvias tenían memoria, que las hormigas abandonaban sus caminos antes de las desgracias y que los ríos, cuando se secaban, continuaban corriendo debajo de la tierra en busca de alguien que todavía pudiera escucharlos.

Pero aquella mañana había algo que ni siquiera los más incrédulos pudieron explicar.

El sol brillaba sobre las ramas, atravesaba las hojas y calentaba los troncos; sin embargo, bajo los árboles no quedaba ninguna sombra.

Los perros comenzaron a buscar refugio debajo de las casas. Las gallinas se escondieron en los rincones oscuros y los pájaros permanecieron inmóviles sobre los tejados, como si esperaran una orden que nunca llegaba.

El alcalde ordenó llamar al maestro de la escuela.

—Explíqueme esto —le dijo, señalando el almendro de la plaza.

El maestro caminó alrededor del árbol, observó el suelo y levantó la mirada hacia el cielo.

—No lo sé —respondió.

Aquella fue la primera vez que los habitantes del pueblo escucharon al maestro reconocer que no tenía una respuesta.


Durante muchos años, Santa Lucía había vivido de espaldas al bosque que la rodeaba.

Los árboles fueron cayendo uno tras otro para abrir caminos, levantar cercas y extender los potreros.

El río, que antes atravesaba el pueblo con una corriente tan clara que podían contarse las piedras del fondo, comenzó a recibir bolsas, botellas y desperdicios.

Primero desaparecieron los peces pequeños. Después dejaron de llegar las garzas. Finalmente, una mañana de verano, los niños descubrieron que el agua ya no reflejaba el cielo.

Nadie creyó que aquellas pérdidas estuvieran relacionadas.

Los hombres decían que los peces se habían marchado río arriba. Las mujeres pensaban que las garzas habían encontrado mejores lugares. Y el alcalde aseguraba que todo era consecuencia natural del progreso.

Eulalia había intentado advertirles.

—La tierra no se muere de repente —decía—. Primero deja de cantar.

Pero sus palabras se perdían entre el ruido de las motocicletas y las conversaciones de quienes estaban demasiado ocupados para escucharla.


Al tercer día sin sombras, el calor se volvió insoportable.

Las piedras de la plaza quemaban los pies de los niños. Las flores cerraban sus pétalos antes del mediodía y los animales caminaban con la lengua afuera buscando un alivio que no encontraban.

Entonces sucedió algo todavía más extraño.

Las hojas comenzaron a caer hacia arriba.

Los habitantes salieron de sus casas y observaron cómo miles de hojas secas se desprendían de las ramas y ascendían lentamente hacia el cielo.

No había viento.

Las hojas flotaban sobre los tejados, giraban alrededor de la torre de la iglesia y desaparecían entre las nubes.

Durante horas, el pueblo permaneció en silencio.

Esa tarde, el alcalde visitó a Eulalia.

La encontró sentada frente a su casa, desgranando maíz en una batea de madera.

—Dígame qué está pasando —le pidió.

La anciana no levantó la mirada.

—Los árboles se están llevando lo último que les queda.

—¿Y qué tenemos que hacer?

Eulalia dejó caer un puñado de granos.

—Pregúnteles qué les quitamos.


La respuesta llegó de la mano de Tomás, un niño de nueve años que vivía al final del pueblo.

Tomás había escuchado la conversación del alcalde con Eulalia y decidió caminar hasta el antiguo nacimiento del río, donde su abuelo solía llevarlo a pescar.

Encontró un hilo de agua atrapado entre piedras, ramas secas y botellas abandonadas.

Se arrodilló.

El agua apenas se movía.

Tomás comenzó a retirar los desperdicios con sus manos. Apartó bolsas enredadas entre las raíces y sacó del barro una llanta pequeña que llevaba años enterrada.

Trabajó hasta que oscureció.

Cuando estuvo a punto de regresar, escuchó un sonido.

Era tan débil que creyó haberlo imaginado.

Un murmullo de agua.

Se acercó.

Entre dos piedras, una pequeña corriente había comenzado a avanzar.

Tomás sonrió y corrió hacia el pueblo.

A la mañana siguiente regresó con tres compañeros de escuela. Después llegaron sus padres, el maestro y algunas familias.

Durante varios días retiraron desperdicios, despejaron los pequeños cauces obstruidos y separaron aquello que podía recuperarse.

El alcalde, que al principio observaba desde la distancia, terminó por quitarse los zapatos y entrar al barro.

No fue una transformación inmediata.

El agua no regresó de golpe, los árboles continuaron sin sombra y las hojas seguían desapareciendo en el cielo.

Pero por primera vez en muchos años, los habitantes de Santa Lucía comenzaron a mirar con atención la tierra que pisaban.


Una tarde, Tomás encontró a Eulalia contemplando el río.

—¿Cuándo volverán las sombras? —preguntó.

La anciana guardó silencio durante un largo rato.

—No lo sé, hijo.

—¿Ni siquiera usted?

—Hay cosas que no se recuperan solamente porque las extrañemos.

Tomás miró el agua.

—Entonces, ¿para qué estamos haciendo todo esto?

Eulalia le acarició el cabello.

—Para que algún día no tengamos que extrañar lo que todavía podemos salvar.

El niño permaneció sentado a su lado hasta que cayó la noche.


Pasaron los meses.

Los vecinos dejaron de arrojar basura al río. Organizaron jornadas para recuperar las orillas y comenzaron a sembrar árboles en los terrenos que habían quedado desnudos.

Los campesinos discutieron nuevas formas de proteger los nacimientos de agua. En la escuela, los niños aprendieron a distinguir las semillas de las especies que antes abundaban alrededor del pueblo.

Algunas personas se marcharon convencidas de que Santa Lucía nunca volvería a ser la misma.

Otras permanecieron.

Trabajaron sin esperar milagros.

Durante el primer invierno, la lluvia cayó durante siete días y siete noches.

No fue una lluvia extraordinaria. Apenas el agua necesaria para humedecer una tierra que llevaba demasiado tiempo esperando.

Una mañana, cuando Tomás caminaba hacia la escuela, descubrió algo extraño debajo de un pequeño árbol que habían sembrado frente a su casa.

En el suelo había una mancha oscura.

Se detuvo.

Movió la mano.

La mancha no desapareció.

Era una sombra.

Pequeña, irregular y tan tenue que apenas alcanzaba para cubrir una piedra.

Tomás llamó a su madre.

Después llegaron los vecinos.

Nadie gritó ni celebró.

Permanecieron alrededor del árbol contemplando aquella sombra diminuta, como si estuvieran frente a un animal recién nacido.

Eulalia fue la última en llegar.

Se acercó lentamente, apoyada en su bastón, y observó el suelo.

Sonrió.

—Todavía nos están esperando —murmuró.


Con el tiempo, las sombras comenzaron a regresar.

Primero aparecieron bajo los árboles jóvenes. Después, debajo de algunos almendros de la plaza.

El bosque tardó mucho más.

Había lugares donde la tierra seguía desnuda y otros donde ninguna semilla conseguía germinar.

Los habitantes comprendieron que ciertos daños necesitarían generaciones para repararse y que algunas pérdidas tal vez nunca podrían revertirse.

Pero dejaron de confundir la paciencia de la naturaleza con su resistencia infinita.

Años después, cuando Tomás se convirtió en maestro de la escuela, llevó a sus alumnos al nacimiento del río.

Les enseñó los árboles que habían sobrevivido, las especies que habían regresado y los lugares donde todavía trabajaban para recuperar la vegetación.

Una niña le preguntó si era cierto que alguna vez los árboles habían perdido sus sombras.

Tomás contempló el bosque.

Recordó las hojas ascendiendo hacia el cielo, las piedras ardientes de la plaza y las manos de sus vecinos hundidas en el barro.

—Eso cuentan los mayores —respondió.

—¿Y usted lo cree?

Tomás observó la sombra que proyectaba el árbol más cercano.

—Creo que estuvimos a punto de perder algo que pensábamos que nunca se acabaría.

La niña guardó silencio.

Después preguntó:

—¿Y si vuelve a pasar?

Tomás no respondió inmediatamente.

Miró hacia las montañas, donde el bosque recuperaba lentamente su color.

—Entonces espero que no volvamos a necesitar un milagro para comprender lo que debemos hacer.

Y mientras los niños continuaban caminando junto al río, una hoja se desprendió de una rama.

Esta vez cayó hacia la tierra.

Nadie reparó en ella.

Salvo Tomás, que la siguió con la mirada hasta verla descansar sobre el suelo húmedo.

Por primera vez en muchos años, aquella pequeña caída le pareció la cosa más extraordinaria del mundo.

Omar Rodríguez
Omar Rodríguez

Corresponsal | Periodista investigativo

Omar Rodríguez es periodista, corresponsal y periodista investigativo de SANA Prensa Independiente, con base en Nueva York. Cuenta con más de una década de experiencia vinculada al ejercicio periodístico y a la cobertura de temas de interés público, actualidad, migración, derechos humanos, comunidad y asuntos institucionales.

Ver perfil completo

Noticias relacionadas