Colombia

Barrancabermeja: el fallo que frena el olvido del Paseo del Río y protege su memoria

Hace 5 horas

Un fallo judicial en Barrancabermeja volvió a poner bajo la lupa el Paseo del Río, donde las obras del malecón siguen detenidas y varias cocineras tradicionales quedaron en el limbo. La decisión ordena proteger el patrimonio inmaterial del sector y reabre el debate sobre quién gana y quién pierde con la transformación urbana.

Barrancabermeja volvió a mirar hacia su orilla con una mezcla de esperanza y frustración. En abril, un juez le dio la razón a los demandantes y ordenó medidas de protección para el patrimonio inmaterial del Paseo del Río, un fallo que llega en medio de un proyecto de malecón que sigue sin despegar del todo y de una comunidad que lleva meses —y en algunos casos años— viendo cómo las promesas de recuperación urbana se quedan a mitad de camino. Lo que estaba anunciado como una apuesta para ordenar el espacio público y potenciar el turismo terminó convirtiéndose en un símbolo de retrasos, tensiones y decisiones que impactan directamente a quienes viven del río y alrededor de él.

La decisión judicial no es menor: reconoce que el Paseo del Río no puede entenderse solo como una franja de obra o un corredor paisajístico, sino como un lugar con memoria, oficios y prácticas culturales que forman parte de la identidad barranqueña. Entre los afectados están las cocineras tradicionales que durante años sostuvieron la vida económica y social del sector y que hoy denuncian haber quedado desplazadas por la ejecución del proyecto. El problema, en el fondo, no es únicamente la demora de una obra pública, sino la manera en que se ha intentado intervenir un territorio sin resolver primero qué pasará con quienes dependen de él para subsistir. Según informó El Tiempo (Colombia), el fallo ordenó adoptar medidas de protección sobre ese patrimonio inmaterial, lo que abre un nuevo capítulo en una controversia que mezcla urbanismo, cultura y derechos.

Este caso importa porque Barrancabermeja no está discutiendo solo un malecón: está discutiendo el modelo de ciudad que quiere construir. Cuando un proyecto de renovación avanza sin blindar a los actores locales, el costo social cae sobre los más débiles, mientras el beneficio futuro suele quedar en manos de otros. En ciudades intermedias como esta, donde la economía popular sostiene buena parte del tejido urbano, desplazar a cocineras, vendedores y trabajadores informales no es un detalle colateral; es alterar la forma en que la gente se gana la vida y se relaciona con su entorno. El fallo de abril, en ese sentido, funciona como una advertencia para las autoridades: no basta con inaugurar obras ni con prometer desarrollo si al mismo tiempo se erosiona el valor cultural y humano del espacio intervenido.

El caso del Paseo del Río también deja una lección política incómoda. Las grandes intervenciones urbanas suelen venderse como soluciones rápidas a problemas históricos, pero terminan exhibiendo una falla recurrente: se piensa primero en la infraestructura y después en la comunidad. En Barrancabermeja, esa secuencia parece haber quedado al revés de lo que exigía la realidad. Mientras las obras siguen detenidas y las promesas de transformación se dilatan, el fallo judicial recuerda que el progreso urbano no puede medirse solo en metros de concreto o en renders bonitos, sino en la capacidad de proteger la vida que ya existe en el territorio. Y allí, por ahora, el balance sigue siendo profundamente inconcluso.

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