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Colombia entra al balotaje con una polarización que, según un analista, dejó el petrismo

Hace 1 día

La campaña hacia el balotaje en Colombia vuelve a mostrar un país partido en dos, con la disputa entre derecha e izquierda instalada en el centro de la conversación pública. Para el analista Walter Flores, esa fractura no es accidental: responde a la herencia política del petrismo.

La elección en Colombia entró otra vez en el terreno que más conocen los votantes: la polarización. Según analizó Walter Flores en Infobae al Regreso, el país seguirá dividido entre dos bloques que hoy parecen incapaces de encontrarse en un punto medio, y esa tensión no solo define la campaña sino también el clima social que acompañará al próximo gobierno. El diagnóstico es claro: el balotaje no se explica únicamente por los candidatos en competencia, sino por una sociedad que terminó ordenando su debate público alrededor de la figura de Gustavo Petro y de la reacción que su proyecto despertó en amplios sectores del país.

Flores sostuvo que la separación entre derecha e izquierda se volvió más nítida durante el ciclo político abierto por Petro, un período que reconfiguró alianzas, endureció discursos y empujó a buena parte del electorado a definirse por adhesión o rechazo. En ese marco, la campaña deja de girar solo sobre propuestas concretas y pasa a funcionar como un plebiscito simbólico sobre el rumbo que tomó Colombia en los últimos años. Esa lógica, de acuerdo con el análisis, alimenta una competencia donde la discusión programática queda muchas veces subordinada a la narrativa de continuidad o ruptura, un fenómeno que ya ha marcado varias elecciones en América Latina.

El dato de fondo es que esta polarización no nace de la nada ni terminará el día de la votación. Colombia arrastra una larga historia de conflicto político, desigualdad territorial y desconfianza institucional, pero el gobierno de Petro profundizó una grieta que ya venía creciendo desde campañas anteriores. Para la ciudadanía, eso tiene consecuencias concretas: dificulta los acuerdos legislativos, tensiona la gobernabilidad y vuelve más difícil traducir demandas urgentes —empleo, seguridad, inflación, acceso a servicios— en políticas estables. En otras palabras, cuando la política se organiza alrededor del antagonismo permanente, los problemas cotidianos de la gente quedan atrapados en una pelea que rara vez ofrece soluciones rápidas.

Por eso, lo que ocurra en el balotaje no debería leerse solo como el triunfo de un candidato sobre otro. También será una prueba para medir si Colombia puede salir del ciclo de confrontación que, según Flores, el petrismo ayudó a consolidar, o si la próxima etapa del país seguirá marcada por la misma lógica de bloques irreconciliables. En un continente donde la polarización se convirtió en combustible electoral, Colombia vuelve a mostrar que el costo más alto no siempre se paga en las urnas, sino después, cuando llega el momento de gobernar un país partido en dos.

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