Falso montaje con sello de El Tiempo reaviva la guerra digital contra la prensa
Imagen: El Tiempo - Política
Una imagen que circula en redes atribuye al Ejército una supuesta declaración sobre Abelardo de la Espriella, pero no existe registro de esa publicación en El Tiempo. El filtro de verificación además halló señales de que la pieza fue fabricada con inteligencia artificial.
Una nueva pieza de desinformación política volvió a poner en la mira a El Tiempo y al Ejército colombiano: en redes circuló una imagen que supuestamente mostraba al comandante de la institución haciendo comentarios sobre Abelardo de la Espriella. Pero la verificación de El Tiempo - Política concluyó que esa publicación nunca existió en sus canales y que, además, la imagen presenta rasgos compatibles con contenido generado por inteligencia artificial.
El hallazgo no es menor. Cuando una falsedad usa la apariencia de un medio reconocido y pone en boca de una autoridad militar un pronunciamiento sobre una figura pública de alta exposición, el objetivo no es solo engañar: es influir en la conversación política, sembrar dudas sobre la veracidad de la información y alterar la percepción de los lectores. De acuerdo con la revisión citada por El Tiempo - Política, no hay rastro de esa supuesta nota en los registros del medio, un dato clave para desmontar la narrativa que empezó a propagarse como si fuera una publicación real.
Este caso encaja en una tendencia cada vez más preocupante en Colombia y en otros países de la región: la fabricación de piezas visuales que imitan titulares, formatos editoriales y hasta estilos gráficos de medios periodísticos para darles legitimidad a contenidos falsos. La llegada de herramientas de inteligencia artificial ha abaratado y acelerado esa manipulación. Ya no se necesita una operación compleja para instalar un bulo; basta una imagen convincente, una figura conocida y el combustible habitual de las redes sociales. El problema es que estos montajes no solo afectan la reputación de los involucrados, sino que erosionan la confianza en la prensa y en las instituciones, dos activos frágiles en medio de un clima político polarizado.
Por eso este episodio importa más allá de la anécdota. Si un ciudadano recibe una imagen falsa con apariencia periodística, puede asumir que la información fue verificada por una sala de redacción cuando en realidad se trata de un montaje. En un país donde la discusión pública ya está contaminada por rumores, campañas de desprestigio y contenidos creados para viralizarse, distinguir entre una nota real y una pieza manipulada se vuelve una tarea de salud democrática. La advertencia, en este caso, es clara: antes de compartir, hay que comprobar si el medio realmente publicó lo que la imagen dice que publicó.


