La OEA abre su asamblea en Panamá con una crisis interna que la enfrenta a Washington

Imagen: infobae estados unidos
La Asamblea General de la OEA arrancó en Panamá bajo la sombra de un conflicto que expone la fragilidad política del organismo. La cancelación de la visa de la jefa de Gabinete de Ramdin por un caso de corrupción y las decisiones internas sobre su permanencia agravan el choque con Washington.
La Asamblea General de la OEA comenzó en Panamá en medio de una tormenta que va mucho más allá del protocolo diplomático. Lo que debía ser una cita para ordenar la agenda regional arrancó marcado por la crisis política entre el secretario general, Albert Ramdin, y Estados Unidos, después de que el Departamento de Estado cancelara la visa de la jefa de Gabinete del funcionario por su presunta vinculación con un caso de corrupción pública. El episodio deja al organismo en una posición incómoda: intenta mostrarse como árbitro de la gobernabilidad democrática en el continente mientras carga con cuestionamientos internos que golpean su credibilidad.
De acuerdo con la información publicada por infobae estados unidos, la decisión de Washington no se limitó a una señal diplomática. La administración estadounidense consideró que la funcionaria estaba involucrada en un expediente de corrupción y, a partir de ahí, retiró el permiso para su ingreso al país. Al mismo tiempo, el director del organismo mantuvo su salario durante un mes adicional y le permitió conservar acceso personal a documentación reservada del foro regional, una medida que abre preguntas delicadas sobre controles internos, manejo de privilegios y estándares de transparencia dentro de la institución. En otras palabras: el conflicto no solo es político, también toca el funcionamiento cotidiano de una organización que depende de la confianza de sus miembros.
El trasfondo importa porque la OEA no atraviesa un momento cualquiera. La entidad ya viene cuestionada por su capacidad de incidencia real en una región fracturada por tensiones ideológicas, crisis democráticas, migración y disputas de poder. Que su cumbre anual se inaugure en medio de una pulseada con Estados Unidos, uno de sus principales patrocinadores políticos y financieros, amplifica el problema. Para Washington, endurecer posiciones frente a figuras señaladas por presunta corrupción encaja con su narrativa de lucha anticorrupción; para Ramdin y su entorno, el golpe puede leerse como una presión directa sobre su liderazgo y como una advertencia de que el margen de maniobra dentro del foro regional es cada vez más estrecho. El resultado es una asamblea que arranca con ruido propio, justo cuando América necesita coordinación y no más erosión institucional.
En términos prácticos, esta crisis puede tener consecuencias más amplias que un simple choque de pasillos. Si la desconfianza entre la secretaría general y Estados Unidos se profundiza, cualquier discusión sobre reformas, financiamiento, observación electoral o defensa de la institucionalidad democrática quedará contaminada por la disputa. Y eso, en la OEA, no es un detalle menor: cuando la organización pierde autoridad moral, pierde también capacidad de influir sobre los gobiernos del continente. Para ciudadanos de América Latina y del Caribe, el problema termina siendo el de siempre: una institución llamada a proteger reglas comunes corre el riesgo de quedarse atrapada en sus propios conflictos internos.


