Embajador de Colombia en Cuba defiende lazos con La Habana y critica un posible rompimiento
Imagen: El Tiempo - Política
El embajador de Colombia en Cuba, José Noé Ríos, advirtió que romper relaciones con La Habana sería un error político y diplomático con costos para ambos países. Su postura llega en medio del debate provocado por el anuncio de Abelardo De La Espriella y la delicada situación de la isla.
La advertencia del embajador de Colombia en Cuba, José Noé Ríos, no es menor: cortar los lazos con La Habana sería, a su juicio, una decisión injusta e inconveniente para Bogotá y para el propio escenario regional. El pronunciamiento aparece en un momento sensible, luego de que Abelardo De La Espriella anunciara que, de llegar al poder, rompería relaciones con el gobierno cubano, una postura que reabre una discusión vieja pero nunca resuelta sobre el valor estratégico de mantener abierta esa relación diplomática.
Ríos, en entrevista con El Tiempo - Política, defendió la permanencia del vínculo bilateral y puso el foco en un hecho que a menudo se subestima en el debate público: Cuba sigue siendo un actor útil para la diplomacia colombiana, especialmente en asuntos de paz, comunicación política y manejo de crisis. El embajador también se refirió al más reciente viaje del presidente Gustavo Petro a la isla, en medio de una coyuntura compleja para el gobierno cubano, marcado por tensiones económicas, escasez y un deterioro social que hace más delicada cualquier lectura simplista sobre el país caribeño. En ese contexto, la postura oficial colombiana busca sostener canales abiertos con un interlocutor que, guste o no, sigue teniendo peso en la región.
Lo que está en juego no es solo una relación bilateral más. Cuba ha sido históricamente una plataforma de diálogo en procesos sensibles de Colombia, y su papel ha sido clave en distintas etapas de negociación y mediación política. Romper relaciones no solo enviaría una señal ideológica hacia el exterior, sino que también podría limitar la capacidad de Colombia para moverse con margen en escenarios de interlocución regional. Además, en un momento en que América Latina vuelve a fragmentarse entre gobiernos que apuestan por el aislamiento y otros por la pragmática diplomática, la discusión sobre La Habana funciona como termómetro de una pregunta mayor: ¿debe Colombia sacrificar canales de conversación por cálculo político interno? Para la gente de a pie, esa decisión podría traducirse en menos herramientas para resolver conflictos, menos puentes diplomáticos y una política exterior más errática.
La crisis cubana, por supuesto, no desaparece por mantener embajadas abiertas. La escasez, el descontento y la presión internacional sobre la isla siguen ahí, y ningún gesto diplomático colombiano puede ocultarlo. Pero precisamente por eso el análisis de Ríos tiene peso: en momentos de tensión, la diplomacia sirve para hablar con quienes atraviesan problemas, no solo con quienes resultan cómodos. Si Colombia decide cerrar puertas por cálculo electoral, el costo podría sentirse más allá del debate ideológico: en la capacidad real del país para influir, mediar y defender sus intereses en un vecindario cada vez más impredecible.




