Política

Las familias detrás de De la Espriella y Cepeda también pesan en la disputa por la Casa de Nariño

Hace 16 horas

Este domingo, la contienda por la Casa de Nariño también se juega en el terreno de las biografías familiares. Abelardo de la Espriella y Iván Cepeda llegan con trayectorias marcadas por sus orígenes: Montería y la capital, respectivamente, y con matrimonios estables de más de una década.

La pelea por la Casa de Nariño no solo enfrenta proyectos políticos; también pone frente a frente dos historias familiares que ayudan a entender cómo cada aspirante busca presentarse ante el país. Según informó El Tiempo - Política, Abelardo de la Espriella proviene de Montería, mientras que Iván Cepeda está anclado a la capital. Ambos, además, comparten un dato que en campaña no es menor: llevan más de una década casados, una señal de estabilidad que en Colombia suele leerse como parte de la imagen pública de un candidato.

Ese tipo de relato pesa más de lo que parece. En una elección presidencial, la familia funciona como un espejo político: ordena la percepción del votante, sugiere valores, define cercanías y también marca distancias. El origen regional de De la Espriella lo conecta con la Costa y con una tradición política y social distinta a la del centro del país; la raíz capitalina de Cepeda, por su parte, lo ubica en un escenario donde se concentran las decisiones, las redes institucionales y buena parte del debate nacional. En otras palabras, no compiten solo dos nombres, sino dos maneras de contar quiénes son y desde dónde quieren gobernar.

En Colombia, ese componente biográfico tiene una utilidad electoral evidente. Los candidatos no se venden únicamente por sus propuestas o por el balance de su trayectoria: también construyen confianza a partir de su entorno más cercano. La vida en pareja, la estabilidad familiar, la procedencia geográfica y la forma en que cada aspirante se relaciona con su historia personal terminan siendo piezas del mismo rompecabezas. No es casualidad. En un país marcado por la desconfianza hacia la política tradicional, la narrativa familiar puede operar como un atajo emocional para conectar con sectores que no siempre se convencen por los programas, pero sí por la sensación de coherencia personal.

Por eso, la disputa de este domingo tiene una dimensión que va más allá del debate ideológico. Las familias de los candidatos también entran en escena porque ayudan a explicar cómo se construye poder en Colombia: desde el territorio, desde las redes sociales y desde la imagen de vida que cada aspirante proyecta. En campañas cada vez más polarizadas, esos detalles pueden no definir por sí solos el resultado, pero sí inclinar percepciones en un electorado que busca algo más que un discurso: quiere creer en la historia de quien promete gobernar el país.

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