Europa busca sustituir a EE. UU. en piezas clave de la defensa de la OTAN

Imagen: El País
Europa acelera las conversaciones para cubrir el vacío que dejará Estados Unidos en la defensa de la OTAN, especialmente en cazas, buques y aviones cisterna. La discusión revela una dependencia estructural que ya no parece sostenible para los aliados europeos.
Europa ha entrado en una carrera incómoda pero inevitable: cómo reemplazar las capacidades militares que Estados Unidos dejará de poner a disposición de la OTAN. Según informó El País, los aliados continentales negocian fórmulas para cubrir ese vacío en áreas críticas como cazas, buques y aviones cisterna, piezas que no suelen ocupar titulares, pero que sostienen la capacidad real de la Alianza para responder a una crisis. El problema no es menor: sin esos recursos, la defensa colectiva europea se vuelve más lenta, más débil y, sobre todo, más dependiente de decisiones tomadas en Washington.
El debate llega en un momento en que la guerra en Ucrania, la presión sobre el flanco oriental y la incertidumbre política en Estados Unidos han expuesto con crudeza la asimetría dentro de la OTAN. Durante décadas, Washington asumió el papel de proveedor de las capacidades más costosas y complejas: transporte aéreo estratégico, reabastecimiento en vuelo, superioridad aérea y apoyo naval de gran alcance. Europa, en cambio, ha sostenido una arquitectura militar fragmentada, con ejércitos nacionales que operan bajo doctrinas, presupuestos y ritmos distintos. El resultado es conocido: los países europeos pueden tener tropas, pero les faltan los “músculos” logísticos y tecnológicos que convierten una fuerza en una herramienta de disuasión efectiva.
Lo que está en discusión, por tanto, no es solo un ajuste técnico dentro de la OTAN, sino una señal política de gran calado. Si Estados Unidos reduce su aporte a estas capacidades, los gobiernos europeos tendrán que elegir entre tres opciones poco cómodas: gastar mucho más y más rápido, comprar o alquilar capacidades entre ellos, o aceptar una Alianza menos robusta en el corto plazo. Cada salida tiene costos. Aumentar el gasto exige voluntad política en países donde la defensa compite con salud, vivienda y protección social. Coordinar compras conjuntas obliga a vencer rivalidades industriales y nacionales. Y resignarse a una OTAN más débil tendría consecuencias directas para la seguridad del continente, sobre todo en Europa del Este, donde la disuasión frente a Rusia depende tanto de la presencia militar como de la credibilidad del respaldo.
En el fondo, la negociación revela una verdad que Europa ha tratado de posponer: su seguridad no puede seguir descansando casi por completo en el paraguas estadounidense. La pregunta ya no es si el continente necesita autonomía militar, sino cuánta y a qué velocidad puede construirla sin fracturar la propia OTAN. Si las conversaciones avanzan, el cambio no solo afectará a generales y ministerios de defensa; también impactará a los contribuyentes europeos, que terminarán pagando la factura de años de dependencia estratégica. Y si fracasan, la Alianza Atlántica podría entrar en una etapa más frágil justo cuando el mundo menos margen tiene para improvisar.



