Atentado contra exalcalde de Jamundí deja muerto a su escolta en Valle del Cauca
Imagen: El Tiempo (Colombia)
Un ataque sicarial contra el exalcalde de Jamundí, Andrés Felipe Ramírez, dejó muerto a su escolta en el barrio La Esmeralda, en el Valle del Cauca. Ramírez dijo que salió ileso por minutos y por milagro, en un hecho que vuelve a exponer el riesgo contra líderes locales.
El exalcalde de Jamundí, Andrés Felipe Ramírez, sobrevivió a un atentado sicarial ocurrido la noche del ataque en un local familiar del barrio La Esmeralda, en el Valle del Cauca, mientras estaba acompañado por su escolta. Dos hombres en motocicleta abrieron fuego hacia las 9:20 p. m. y el hecho terminó con el asesinato del esquema de seguridad del exmandatario, quien luego se pronunció para decir que salió con vida casi por casualidad.
Según informó El Tiempo (Colombia), el ataque se registró en un punto de reunión familiar, lo que refuerza la lectura de que los agresores llegaron con información precisa sobre el lugar y el momento en que se encontraba Ramírez. La versión conocida hasta ahora indica que los sicarios actuaron en moto, una modalidad que sigue siendo una de las más usadas en atentados urbanos y periurbanos en Colombia por su capacidad de escape rápido y por la dificultad para reaccionar a tiempo.
El caso no es solo un episodio más de violencia armada en el Valle del Cauca. Jamundí, por su ubicación estratégica entre Cali y el sur del departamento, ha sido durante años un territorio atravesado por disputas de actores armados, economías ilegales y presiones sobre liderazgos locales. Que un exalcalde sea atacado en un espacio cotidiano, con un escolta asesinado en el lugar, vuelve a poner sobre la mesa la fragilidad de la protección a figuras públicas en municipios donde el Estado suele llegar tarde o con presencia limitada. Y también deja una pregunta incómoda: si un exmandatario puede quedar tan expuesto, ¿qué queda para los líderes comunitarios, concejales o funcionarios sin esquema de seguridad robusto?
Ramírez insistió en que se trató de un milagro. Esa frase, más allá del impacto emocional, resume el nivel de vulnerabilidad en el que siguen viviendo quienes han ocupado cargos públicos en zonas con alto riesgo de violencia. Mientras avanzan las investigaciones para establecer quién ordenó el ataque y cuál era el objetivo real, el atentado vuelve a mostrar que en buena parte del suroccidente colombiano la amenaza contra liderazgos políticos ya no es una hipótesis sino una realidad que se cobra vidas y condiciona la vida pública.




