Las Ventas se enfría: una corrida deslucida y una presión desmedida sobre Marco Pérez

Imagen: El País
La corrida de Victoriano del Río en Las Ventas dejó un balance pobre y un ambiente frío, marcado por la escasa respuesta del público y la sensación de exigencia desmedida hacia Marco Pérez. La división en la plaza reflejó una polarización que ya no solo se vive en la política o en la calle, sino también en el ruedo.
La plaza de Las Ventas volvió a ser escenario de una tarde incómoda, de esas que dejan más preguntas que triunfos. La terna se topó con una corrida mansa, sosa y descastada de Victoriano del Río, y el resultado fue un festejo sin vuelo, atravesado por la indiferencia del público y por una tensión creciente alrededor de Marco Pérez, al que parte de la afición parece someter a una vara especialmente dura. En un coso donde cada gesto se magnifica, la sensación dominante no fue la de una lidia épica, sino la de una cita atrapada por la polarización y por la falta de materia prima para construir emoción.
El comportamiento de los toros condicionó todo desde el inicio. Sin fuerza, sin transmisión y sin raza, la corrida dejó a los matadores con escaso margen para lucirse y obligó a resolver más que a crear. En ese contexto, la actuación de Marco Pérez quedó especialmente expuesta: cualquier fallo pesa más cuando el toro no ayuda y el ambiente ya viene predispuesto. La respuesta del público fue desigual, pero predominó una frialdad que terminó por enfriar aún más una tarde que ya venía cuesta arriba. La plaza no acompañó, no se entregó y, en lugar de sostener a los toreros en la dificultad, pareció instalarse en una actitud de espera crítica, casi de juicio anticipado.
Lo ocurrido en Las Ventas no es un episodio aislado ni una simple anécdota taurina. La plaza madrileña siempre ha sido un termómetro de la exigencia, pero también puede convertirse en una cámara de eco donde ciertos nombres quedan marcados antes de tiempo. En el caso de Marco Pérez, la “extrema e injusta exigencia” que señala la lectura de la tarde habla de un fenómeno más amplio: la dificultad creciente para evaluar con equilibrio cuando el entorno se contamina de expectativas, bandos y prejuicios. En una feria donde todo se observa con lupa, la calidad del ganado sigue siendo decisiva, y cuando falla, la responsabilidad se reparte de manera desigual, muchas veces castigando más al torero que al verdadero origen del problema.
Para el aficionado de a pie, tardes como esta dejan una enseñanza clara: no siempre hay grandeza donde más ruido se hace. Cuando el toro no embiste y la plaza se enfría, el espectáculo pierde sentido y la discusión se traslada del ruedo a la grada. Lo de Victoriano del Río en Las Ventas no solo fue una corrida deslucida; fue también el retrato de una plaza dividida, severa y poco dispuesta a conceder margen. Y en ese ambiente, cualquier torero joven o en el centro de la conversación termina lidiando no solo con el toro, sino con una sentencia mucho más difícil de esquivar: la del público que ya ha decidido antes de ver.


