Política

Polarización electoral en Colombia: el costo emocional de convertir al rival en enemigo

Hace 1 día

La polarización electoral en Colombia no solo está tensando el debate público: también está activando miedos, rabias y lealtades que pueden dejar cicatrices en la convivencia. Diego Vargas, presidente de la Asociación Colombiana de Psiquiatría, advierte que después de las urnas la vida cotidiana seguirá obligando a todos a encontrarse.

La discusión política en Colombia ha entrado en una fase en la que las emociones pesan tanto como las propuestas, y eso ya está pasando factura en la convivencia social. Diego Vargas, presidente de la Asociación Colombiana de Psiquiatría, advirtió en diálogo con El Tiempo - Política que la polarización electoral no se queda en los discursos de campaña: se mete en las familias, en los lugares de trabajo y en las redes sociales, donde cualquier diferencia termina convertida en una disputa moral. Su mensaje, en esencia, es incómodo pero necesario: la elección termina en las urnas, pero el país no se parte en dos y desaparece al día siguiente.

Según explicó Vargas, las coyunturas electorales intensifican emociones básicas como el miedo, la rabia y la necesidad de pertenecer a un bando. En un ambiente de alta confrontación, esos sentimientos se amplifican y pueden empujar a los ciudadanos a ver al otro no como un contradicente sino como una amenaza. Ese fenómeno, que no es exclusivo de Colombia pero sí se siente con fuerza en el país, ayuda a entender por qué los debates públicos se vuelven cada vez menos racionales y más viscerales. El especialista insiste en que la disputa política no debería confundirse con una ruptura social permanente: incluso cuando la campaña termina, vecinos, compañeros de trabajo y familiares siguen compartiendo los mismos espacios y las mismas rutinas.

Ese es justamente el punto que vuelve relevante su advertencia. La polarización no solo deteriora la conversación democrática; también erosiona la salud mental colectiva. Cuando el clima político se alimenta de insultos, desinformación y desconfianza, aumenta el desgaste emocional de las personas y se normaliza una idea peligrosa: que pensar distinto equivale a ser enemigo. En un país con una historia reciente marcada por conflictos, desigualdad y desconfianza institucional, ese tipo de lenguaje tiene costos concretos. Afecta la manera en que la gente se informa, vota, discute y hasta convive. Por eso la advertencia del presidente de la Asociación Colombiana de Psiquiatría trasciende el campo clínico: es también un llamado a cuidar la salud democrática.

Lo que plantea Vargas deja una lección de fondo para el día después de las elecciones. Colombia ha demostrado una y otra vez que sus crisis políticas no se resuelven con una victoria cerrada ni con una derrota humillante del contrario. La vida pública exige algo más difícil: aceptar el desacuerdo sin convertirlo en anulación del otro. Y en un país donde la política se vive con intensidad, esa capacidad de recomponer vínculos será tan importante como el resultado electoral mismo. Porque gane quien gane, el lunes siguiente la gente seguirá compartiendo el bus, la oficina, el barrio y la mesa.

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