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Seis meses de guerra con Irán: el golpe que no tumbó al régimen

Hace 3 horas

Seis meses después del inicio de la guerra con Irán, Estados Unidos e Israel no lograron el objetivo central: derribar a la República Islámica y forzar un giro de poder en Teherán. El conflicto reordenó Medio Oriente, pero también dejó claro que Irán mantiene capacidad de resistencia y de presión estratégica.

Seis meses después del inicio de la guerra con Irán, el balance para Estados Unidos e Israel es muy distinto al que imaginaron cuando lanzaron la ofensiva: no hubo derrumbe del liderazgo clerical, no apareció el gobierno prooccidental prometido y la República Islámica sigue en pie, pese al asesinato de sus principales dirigentes y a semanas de bombardeos intensos. Lo que debía ser una operación para rematar al adversario terminó convirtiéndose en un conflicto que cambió el mapa de Medio Oriente sin resolver el problema de fondo.

Según informó Clarín Colombia, el ataque del 28 de febrero fue concebido como una apuesta de alto riesgo para quebrar el poder político iraní desde arriba. La lectura en Washington y Jerusalén era que una presión militar sostenida podía acelerar una caída interna, abrir una transición y reconfigurar la región a favor de sus aliados. Pero la respuesta iraní mostró que el régimen conservaba cohesión institucional, capacidad de mando y, sobre todo, herramientas suficientes para sostener una guerra asimétrica más allá del campo de batalla convencional.

El dato que más preocupa a los estrategas occidentales es el estrecho de Ormuz. Irán encontró allí una palanca de presión decisiva: no necesita derrotar militarmente a sus enemigos para incomodarlos, basta con amenazar una de las arterias energéticas más sensibles del planeta. Ese punto es clave porque cualquier tensión en Ormuz impacta el precio del petróleo, la seguridad del transporte marítimo y la estabilidad de economías enteras, desde Europa hasta América Latina. En otras palabras, lo que ocurre frente a las costas iraníes termina sintiéndose en los bolsillos de personas que jamás han estado cerca de esa guerra.

La lección política es incómoda para sus promotores. La fuerza militar no garantizó un cambio de régimen, y la idea de imponer un nuevo orden desde el aire volvió a chocar con una realidad conocida en la región: cuando se subestima la resiliencia de un Estado, especialmente uno con capacidad de movilización nacional y de respuesta estratégica, el resultado puede ser el contrario al esperado. Medio Oriente no quedó más estable tras esta guerra; quedó más tenso, más incierto y con un Irán que, lejos de desaparecer, demostró que todavía sabe cómo convertir su supervivencia en influencia.

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