Infantino busca pasar la página, pero la FIFA sigue atrapada en su propio poder

Imagen: BBC Mundo
Gianni Infantino intenta dejar atrás el fracaso de su plan para atraer inversión privada al Mundial, pero el episodio vuelve a poner el foco sobre el poder y los privilegios que rodean a la FIFA. La imagen del organismo sigue marcada por la opacidad y por la cercanía entre fútbol, política y negocios.
Gianni Infantino intenta cerrar el capítulo del frustrado plan para atraer inversión privada a la Copa del Mundo, pero el intento de pasar página no parece tan fácil. La discusión no se limita a una estrategia financiera que no salió como esperaba: vuelve a poner bajo la lupa el modelo de poder que Infantino ha construido al frente de la FIFA, una estructura donde el fútbol convive con intereses políticos, relaciones de alto nivel y una vida ejecutiva que opera lejos de la realidad de los aficionados comunes.
De acuerdo con el enfoque que viene revelando BBC Mundo, el presidente de la FIFA no solo administra torneos y contratos; también encarna una forma de dirigir el organismo que depende de contactos, capacidad de influencia y una agenda global en la que los movimientos se hacen entre vuelos privados, reuniones con mandatarios y decisiones que pueden redefinir el negocio del deporte más popular del planeta. El fracaso de la inversión privada para el Mundial, más que un tropiezo puntual, deja ver los límites de una estrategia que buscaba ampliar recursos y, al mismo tiempo, reforzar la narrativa de una FIFA moderna, eficiente y abierta a nuevos capitales.
El problema es que este episodio llega en un momento en que la FIFA sigue intentando proyectar una imagen de renovación, mientras arrastra cuestionamientos de fondo sobre transparencia, concentración de poder y la distancia entre sus élites y la base social que sostiene al fútbol. Para Infantino, el costo no es solo reputacional: cada vez que un plan de este tipo naufraga, se alimenta la percepción de que las grandes decisiones del organismo están más cerca de los intereses de unos pocos que del desarrollo del deporte en países donde faltan canchas, recursos y acceso real para jugadores, entrenadores y comunidades. Y eso importa porque la FIFA no es una entidad cualquiera; mueve miles de millones, influye en gobiernos y define dónde se juega parte del poder blando en el mundo contemporáneo.
En ese contexto, la vida de un presidente de la FIFA no es una anécdota de lujo sino una ventana al tipo de institución que conduce el fútbol global. Infantino puede intentar dejar atrás el traspié de su plan financiero, pero lo que queda expuesto es más profundo: un sistema donde la cercanía con el poder político y económico es parte del cargo, y donde cada crisis reabre la pregunta esencial sobre quién manda realmente en la FIFA y a quién beneficia ese poder.




