Juan Pablo Sánchez, el niño de Pereira que ayudó a rescatistas tras el terremoto
Imagen: El Tiempo (Colombia)
Un niño de Pereira se convirtió en apoyo inesperado para los rescatistas que trabajaron entre escombros tras el terremoto. Juan Pablo Sánchez, conocido como el “topito colombiano”, repartió mercados y ayudó a limpiar una zona golpeada por la emergencia.
En medio de la tragedia que dejó el terremoto en Pereira, una imagen pequeña pero poderosa se robó la atención: la de Juan Pablo Sánchez, un menor del barrio Los Álamos que se sumó a las labores de apoyo para los rescatistas. Mientras muchos buscaban cómo sobreponerse al miedo y al desorden que deja una emergencia de este tipo, él decidió ponerse al servicio de quienes removían escombros y asistían a las familias afectadas. Su presencia, lejos de ser simbólica, se convirtió en una muestra concreta de solidaridad en un momento en el que cada mano cuenta.
Según informó El Tiempo (Colombia), el menor estuvo ayudando directamente en el barrio de Los Álamos, un sector donde el impacto del sismo obligó a activar esfuerzos de limpieza, asistencia y acompañamiento comunitario. Juan Pablo participó en la remoción de escombros y también en la entrega de mercados a personas damnificadas, una labor que refleja el papel que pueden jugar los ciudadanos más jóvenes cuando una emergencia desborda la capacidad inmediata de respuesta. Su historia llamó la atención no solo por su edad, sino porque resume una realidad que suele repetirse en Colombia: ante desastres naturales, la primera red de apoyo sigue siendo muchas veces la comunidad misma.
El caso de Juan Pablo importa porque pone en primer plano algo que suele quedar relegado cuando pasan las cámaras y los titulares: la resiliencia social. En un país expuesto a temblores, deslizamientos y otras emergencias, la reacción ciudadana puede marcar la diferencia entre el caos y la contención. Que un menor se sume a una tarea de apoyo no reemplaza la responsabilidad del Estado, pero sí evidencia el tejido solidario que sostiene a muchas familias cuando la institucionalidad llega tarde o queda corta. Además, la historia del llamado “topito colombiano” conecta con un mensaje de fondo: las tragedias también revelan liderazgos tempranos, vocaciones de servicio y una generación que crece entendiendo que ayudar no es una opción secundaria, sino una respuesta urgente.
Juan Pablo, además, ha dicho que sueña con ser rescatista, boxeador y empresario, una lista de metas que lo pinta como un niño con ambición y sentido de propósito. Ese detalle no es menor: en contextos de emergencia, las historias que perduran no son solo las del daño, sino también las de quienes, desde muy temprano, deciden mirar el dolor de frente y actuar. Pereira todavía procesa los efectos del terremoto, pero la imagen de este menor trabajando junto a los rescatistas deja una lección clara: en Colombia, la solidaridad no siempre llega desde arriba; muchas veces nace en el barrio, en el vecino más joven y en la voluntad de no dejar a nadie solo.



