Keiko Fujimori asume con promesa de reconciliación en un Perú dividido

Imagen: clarin colombia
Keiko Fujimori recibió sus credenciales como presidenta electa de Perú y prometió gobernar “para todos” en un país fracturado por años de crisis e hiperpolares. Su triunfo, obtenido por un margen estrecho en junio, la enfrenta desde ya al reto de recomponer una nación dividida.
El trasfondo también pesa. El apellido Fujimori sigue siendo uno de los más divisivos de la política peruana: para algunos representa orden y firmeza; para otros, un pasado asociado a autoritarismo y heridas aún abiertas. Por eso, la promesa de reconciliación tendrá que traducirse en hechos concretos si quiere evitar que el país vuelva a caer en el ciclo de confrontación que ha paralizado reformas, deteriorado la economía y alejado aún más a la ciudadanía de la política. En Perú, donde la gente vive de cerca los costos de la inestabilidad —desde la desaceleración económica hasta la incertidumbre institucional—, el inicio de este gobierno será leído con una pregunta simple y decisiva: si esta vez la presidencia servirá para cerrar la grieta o para profundizarla.



