Trump sanciona al Tribunal Penal Internacional tras el Nobel a Navi Pillay
Imagen: El País
Washington respondió con sanciones al Tribunal Penal Internacional pocas horas después de que el Nobel de la Paz reconociera a Navi Pillay, exjueza del tribunal. La decisión de Donald Trump vuelve a tensar su pulso con la justicia internacional en un momento políticamente cargado.
La Administración de Donald Trump impuso nuevas sanciones contra el Tribunal Penal Internacional (TPI) apenas horas después de que el Nobel de la Paz reconociera a Navi Pillay, exjueza de ese organismo. La coincidencia no es menor: llega en medio de la ofensiva política del presidente estadounidense contra las instituciones multilaterales y en un contexto en el que Trump ha insistido reiteradamente en que él mismo merecería ese galardón.
Según informó El País, las medidas vuelven a golpear a una corte que ya venía bajo presión de Washington por sus investigaciones y por la incomodidad que generan en la Casa Blanca. Pillay, figura de peso en el sistema internacional de derechos humanos, recibió este año el Nobel en un gesto que el gobierno estadounidense no ha digerido bien, en parte porque la ceremonia y la sanción quedaron separadas por apenas unas horas, amplificando el mensaje político que quiso enviar Trump.
El trasfondo es más amplio que una disputa entre un gobierno y un tribunal: lo que está en juego es la legitimidad del orden jurídico internacional frente a una potencia que se reserva el derecho de castigar a quienes considera un estorbo. En la práctica, estas sanciones complican el trabajo del TPI, elevan el costo de cooperar con él y envían una advertencia a jueces, fiscales y funcionarios que participen en procesos sensibles. Para la política exterior de Estados Unidos, además, el movimiento refuerza la idea de un país que usa su poder económico como herramienta de presión incluso contra organismos creados para perseguir crímenes graves.
El episodio también deja una lectura incómoda para la escena global: mientras el Nobel pone el foco en una trayectoria asociada con los derechos humanos y la justicia internacional, Washington responde endureciendo su postura frente a la misma arquitectura institucional que dice defender cuando le conviene. En ese choque entre prestigio moral y poder coercitivo, Trump vuelve a demostrar que su relación con los organismos multilaterales no es de negociación, sino de confrontación abierta.


