De la Espriella responde a Romero y reaviva el pulso político por el poder en Nariño
Imagen: El Tiempo - Política
La confrontación entre Abelardo De la Espriella y Camilo Romero subió de tono después de que el abogado respondiera a las críticas del exgobernador por la advertencia del presidente a Luis Alfonso Escobar. En el centro del choque quedó una idea incómoda para la clase política: quién manda realmente en un cargo de elección popular.
La discusión entre Abelardo De la Espriella y el exgobernador de Nariño, Camilo Romero, escaló en medio de una nueva polémica que involucra al presidente y al actual mandatario departamental, Luis Alfonso Escobar. Todo arrancó luego de que Romero cuestionara al jefe de Estado por la advertencia dirigida al gobernador nariñense, un episodio que volvió a poner sobre la mesa la tensión entre el poder presidencial y las autoridades regionales en Colombia.
En su respuesta, según informó El Tiempo - Política, De la Espriella salió en defensa de la idea de que los funcionarios elegidos no le deben lealtad a las élites políticas, sino a los ciudadanos que los llevaron al cargo. Su mensaje fue directo: los políticos, en su visión, son empleados del pueblo. Con esa frase, el abogado no solo le contestó a Romero, sino que también reabrió un debate de fondo sobre la relación entre mandatarios, oposición y ciudadanía en un país donde las fronteras entre autonomía territorial y disciplina política suelen ser difusas.
El cruce importa más allá del intercambio personal porque refleja una disputa recurrente en la política colombiana: hasta dónde puede llegar un presidente al llamar la atención a un gobernador, y cómo responden las figuras regionales cuando sienten que se cruza una línea institucional. En departamentos como Nariño, donde confluyen problemas de orden público, economías ilícitas, abandono estatal y fuerte dependencia del Gobierno central, este tipo de choques no es solo simbólico. También puede afectar la coordinación entre Nación y territorio, precisamente en lugares donde más se necesita que ambos niveles de poder trabajen en la misma dirección.
Romero, una figura acostumbrada al debate público y a la confrontación con el establecimiento, aprovechó la advertencia presidencial para cuestionar el estilo del mandatario. De la Espriella, por su parte, eligió el camino de la confrontación verbal y elevó el tono con una defensa tajante de la soberanía del voto. Detrás de ese intercambio hay una disputa más grande: en la política colombiana, cada vez que un presidente corrige a un gobernador o un exmandatario interviene en la discusión, se reaviva la pelea por el sentido mismo del mandato popular. Y para la gente común, que rara vez ve mejoras inmediatas en seguridad, empleo o servicios públicos, esas peleas terminan siendo una señal de algo más profundo: la distancia persistente entre la clase dirigente y los problemas reales del país.


