Rusia paga un costo estructural por la guerra y su economía empieza a resentirse
Imagen: infobae mundo
La invasión a Ucrania ya no solo le cuesta a Rusia en el frente: también está erosionando su economía desde adentro. Según Mark Galeotti, el Kremlin está desviando recursos vitales para sostener la guerra y eso podría dejar daños duraderos.
La economía rusa está entrando en una zona de deterioro que podría ser difícil de revertir mientras el Kremlin siga priorizando la guerra por encima del resto del país. Mark Galeotti, uno de los analistas más respetados sobre Rusia, advirtió, según informó Infobae Mundo, que el régimen de Vladimir Putin está redirigiendo recursos esenciales hacia su maquinaria militar y que ese proceso está dejando al sistema productivo con heridas cada vez más profundas. En otras palabras: Moscú no solo está gastando para pelear en Ucrania, también está consumiendo las bases que sostienen su propio funcionamiento económico.
La advertencia llega en un momento en el que Rusia intenta mantener una apariencia de estabilidad pese al peso de las sanciones occidentales, el costo fiscal de la guerra y las distorsiones que deja una economía cada vez más militarizada. El problema de fondo, explicó Galeotti en el análisis citado por Infobae Mundo, no es únicamente el volumen del gasto bélico, sino la lógica que lo ordena: el Estado prioriza armamento, logística y control político, mientras sectores civiles estratégicos pierden inversión, talento y capacidad de modernización. Eso se traduce en una economía más dependiente del Estado, menos innovadora y con mayor presión sobre la producción interna. Para el ciudadano común, eso termina apareciendo en precios más altos, menos opciones de consumo, salarios presionados y una vida cotidiana marcada por las restricciones indirectas de una guerra lejana pero absorbente.
El trasfondo es claro: desde la invasión de Ucrania, Rusia ha quedado atrapada en una estructura económica de guerra que puede sostenerse por un tiempo, pero no sin costo. La paradoja es que el Kremlin intenta demostrar fortaleza mediante el gasto militar, aunque ese mismo esfuerzo termina debilitando la base que necesita para sobrevivir a largo plazo. Cuando un país canaliza mano de obra, presupuesto, industria y tecnología hacia un conflicto prolongado, el resto de la economía se vuelve secundaria. Y esa es, precisamente, la tesis más inquietante de Galeotti: que Rusia no solo estaría pagando un precio alto por la guerra, sino entrando en un proceso de desgaste interno que podría ser irreversible si continúa esta priorización extrema.
Lo más relevante para observar en los próximos meses no será únicamente el avance militar en el campo de batalla, sino la capacidad real del Estado ruso para seguir financiando este esquema sin resentir más su tejido económico y social. Las guerras prolongadas suelen venderse como pruebas de resistencia nacional, pero terminan exigiendo sacrificios acumulativos que no siempre se ven al instante. En el caso ruso, la presión no cae solo sobre las grandes cuentas del presupuesto federal: también se filtra en el empleo, la innovación, la industria civil y la calidad de vida. Por eso la advertencia de Galeotti importa más allá de Moscú: porque muestra que la guerra en Ucrania ya no es solo una disputa territorial, sino una operación que está devorando recursos, futuro y margen de maniobra dentro de la propia Rusia.




