Diez años después, la transformación del campo sigue atascada en Colombia
Imagen: El Tiempo - Política
Diez años después de la Misión para la Transformación del Campo, Colombia muestra avances parciales, pero el balance sigue siendo incómodo: la desigualdad rural, la informalidad y la debilidad institucional continúan frenando un cambio de fondo. El diagnóstico apunta a más esfuerzo y menos triunfalismo.
Diez años después de que Colombia se propusiera una hoja de ruta para transformar su campo, el balance sigue siendo agridulce: hubo avances en algunos indicadores, pero los problemas estructurales que históricamente han golpeado a las zonas rurales continúan en pie. La advertencia, según informa El Tiempo - Política, es clara: si no se fortalecen los esfuerzos, la brecha entre el discurso de transformación y la realidad de los territorios seguirá abierta.
El punto de partida de esta evaluación es el reconocimiento de que sí existen progresos medibles. Sin embargo, esos avances no alcanzan para decir que el campo colombiano haya resuelto sus grandes fallas de base. Persisten obstáculos que vienen de lejos: baja productividad en amplias zonas, precariedad en el acceso a bienes y servicios públicos, dificultades para la formalización de la tierra, escasa presencia institucional y una economía rural que sigue dependiendo demasiado de condiciones frágiles. En otras palabras, no basta con que mejoren algunos indicadores si el tejido que sostiene la vida rural continúa debilitado.
Esto importa porque el campo no es un asunto periférico ni un tema exclusivo de los agricultores. Allí se juega buena parte de la seguridad alimentaria del país, la estabilidad social en regiones históricamente afectadas por el conflicto y la posibilidad real de cerrar una de las brechas más persistentes de Colombia: la que separa al mundo urbano del rural. La Misión para la Transformación del Campo nació justamente para corregir ese atraso histórico, pero una década después el diagnóstico deja una conclusión incómoda: el problema no era solo de diseño de política pública, sino de continuidad, ejecución y voluntad estatal sostenida. Cuando el Estado llega tarde, llega poco o llega mal, el campo termina pagando la factura con menor ingreso, menos oportunidades y más desigualdad.
La lectura de fondo es que Colombia no puede darse el lujo de tratar la reforma rural como una promesa episódica o como un capítulo más del debate político. Si algo deja este balance es la necesidad de pasar de las metas generales a resultados verificables en los territorios, con inversión, presencia institucional y coordinación entre niveles de gobierno. De lo contrario, la transformación del campo seguirá siendo una consigna atractiva, pero incompleta, mientras millones de personas en las zonas rurales continúan esperando cambios que sí se sientan en el bolsillo, en la tierra y en la vida cotidiana.




